domingo, 23 de julio de 2017

Mateo 13, 24-30




Hoy la liturgia nos invita a reflexionar sobre la conocida parábola del trigo y la cizaña.
A mi entender una parábola revolucionaria, provocativa, central.

En primer lugar nos dejamos sorprender: el “sentido común” y los entendidos en cultivos nos dirían que la cizaña hay que arrancarla. La producción y la calidad del trigo se vería afectada por la misma cizaña, así como afectaría – retardando – al trabajo de los cosechadores.
Pero Jesús nos sorprende: nos quiere provocar y desinstalar de nuestras seguridades y comodidades.
Jesús obviamente apunta a algo más esencial que al trigo y a la cizaña, algo que afecta y condiciona profundamente nuestras existencias: la relación entre el “bien” y el “mal” y la importancia de la tolerancia.

Tal vez podríamos vislumbrar el versículo central y más provocativo: “dejen que crezcan juntos” (Mt 13, 30).
¿Dejar que el bien y el mal crezcan juntos?
A nuestro oídos enfermos de racionalismo y orgullosos nos parece absurdo.

El Maestro de Nazaret no es occidental y su enseñanza se mueve más a través de los paradigmas paradójicos de las civilizaciones orientales. Jesús apunta a la intuición: a la verdad no se llega por la lógica sino por la intuición amorosa.

Dejen que crezcan juntos” cuestiona antes que nada nuestra suposición orgullosa de saber fehacientemente lo que son “bien” y “mal”. En realidad no lo sabemos y la vida nos muestra de sobradas maneras que un supuesto bien se puede transformar en mal y al revés. También que lo que creíamos un bien en realidad no lo era y que lo que pensábamos era un mal se transforma en bien.
Esta suposición encuentra su raíz en la filosofía estática occidental. La realidad es que la vida no es para nada estática, sino movimiento perenne: estáticas son nuestras fijaciones mentales.
Tenemos orientaciones sin duda y valores que nos guían: pero cuidado a no fijarlos y creerlos inamovibles. Al tiempo de Jesús la esclavitud era un valor, así como la supremacía del varón: hoy en día ya no los consideramos valores, sino anti-valores.

Dejen que crezcan juntos” nos invita a la tolerancia y al respeto. Al famoso y poco aplicado “no juzguen” del evangelio. La iglesia en muchos casos – y no solo ella – sigue juzgando y discriminando. Se siguen marginando a los que no “son fieles” a la doctrina establecida. En el fondo es un mecanismo psicológico de defensa que hunde sus raíces en la inseguridad.

Quién ha visto la luz, ¿le tiene miedo a la oscuridad?
La clave está, como siempre, en el ver. Ver que significa experiencia concreta e inmediata de lo real. En las acertadas palabras de Raimon Panikkar: el “toque inmediato” – sin mediaciones – de lo divino. Invitación a la contemplación mística: observar sin juzgar. Como decía el sabio hindú Jiddu Krishnamurti: “la forma más alta de la inteligencia humana es la capacidad de observar sin juzgar”.
Tenemos que recuperar urgentemente esta capacidad.

Todo esto no significa una invitación al relativismo absoluto e inconsciente. Hay situaciones que exigen una respuesta clara y una denuncia efectiva, sobre todo cuando son causas de dolor inocente.
Como afirma con sabiduría Enrique Martínez: “Tolerancia no es sinónimo de buenismo amorfo, ni constituye tampoco la antesala del relativismo suicida. Tolerancia es respeto y valoración de la persona, por encima de discrepancias, de actitudes contrarias e incluso, según Jesús, de agresiones recibidas (Mt 5, 44 y 7,1)

En nuestras existencias concretas necesitamos orientaciones y valores. La sabiduría está en aplicarlos desde la visión y la experiencia de la unidad.
Somos uno: lo que se hará desde esta conciencia solo podrá ser amor y siempre estará bien.






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