viernes, 24 de noviembre de 2017

Valentina y Brissa: ¿qué hacer?




Estos últimos días son días tristes para Uruguay. Especialmente para las familias de Valentina y Brissa, las dos niñas abusadas (según parece) y asesinadas. Toda mi cercanía a estas familias, todo mi amor, toda mi oración.

Valentina y Brissa sin dudas descansan y gozan de la plenitud del Amor y sin duda acompañan desde el Misterio a sus familias y a nuestra sociedad herida.

Es difícil escribir algo cuando hay tanto dolor e incomprensión. Lo mejor sin duda es el silencio. Y desde este sagrado silencio me siento llamado a decir algo, a dar mi pequeño aporte. Y desde el silencio comparto el dolor.

¿Qué hacer? ¿Adonde buscar un camino de sanación y de salvación para que hechos tan trágicos y dolorosos no se vuelvan a repetir?

Por las redes sociales y los medios de comunicación se lee y escucha de todo: tanta indignación y tanta impotencia. Tanto odio y propuestas de solución: entre las más drásticas, la pena de muerte y la castración de los abusadores.
Todo comprensible en estos momentos.

Sinceramente no creo que un camino de sanación y solución surja de más  violencia y más odio. Obviamente me espero la fatídica pregunta: ¿y si fueran tus hijas como actuaría?
No lo sé, no son mis hijas. Pero si sé que – de cierta manera – las amo, como amo todo ser humano y todo ser viviente.
Sé que la solución no vendrá nunca de un descontrol emocional y afectivo, por cuanto dura sea la realidad. Las soluciones – cuando las hay – surgen desde la paz y la quietud.

Hay un solo camino; un camino recorrido y atestiguado por miles de maestros espirituales.
Es el camino de la comprensión. Camino sin duda más lento, más complejo, más sinuoso. Un camino esencial y necesario. Un camino que no queremos recorrer: es más fácil condenar, castrar, matar y meter en la cárcel.

Y cuando se habla de comprensión no estamos hablando de justificación, resignación, complicidad o pasividad. Estoy hablando desde otro nivel: espero que el lector me entienda. Estoy hablando de la comprensión como de la capacidad de ir más hondo, más en profundidad, al nivel nuclear de las cosas… la comprensión como esfuerzo de ir a la raíz, a las causas, a la fuente.
¿Por qué una persona llega a tal atrocidades? ¿Por qué nuestra sociedad está enferma? ¿Por qué no se puede caminar tranquilos por las calles y dejar la puerta abierta?
Dejemos de ser tan superficiales por favor.

La historia se repite y se seguirá repitiendo hasta que nos adentremos en el pedregoso terreno de la comprensión: es la ley del karma, como la llaman en oriente. La vida te repite la lección hasta que aprendas. ¡Tan paciente es la vida!

Las guerras son unos de los ejemplos más elocuentes. Los históricos nos dicen que en la historia de la humanidad los periodos sin guerras fueron muy cortitos. Es decir: la historia humana se puede leer como una historia de guerras. En el siglo pasado tuvimos la experiencia de dos terribles guerras mundiales. ¿Aprendimos? Diría que no todavía: desde 1945 hasta la fecha se siguieron multiplicando guerras, genocidios, atrocidades. Con la agravante que tenemos la hipócrita “Declaración de los derechos humanos” en la mano desde 1948.

¿Qué pasa? Falta comprensión. Porque solo desde la comprensión puede surgir el amor y solo el amor sana.
Todavía creemos en un amor simple y llanamente sentimental: un amor que se restringe a los lazos de sangre o las amistades. Un amor que se siente o no se siente. Un amor que identificamos burdamente con la emotividad y los sentimientos.

Todavía no hemos comprendido que amor es lo único que hay. El amor tiene que ver con el ser en primer lugar y solo posteriormente con sentimientos y emociones. No hemos comprendido y no hemos experimentado como humanidad, que la raíz de todo lo que es y existe es el amor. Entonces luchamos y peleamos para conquistar algo que se parezca al amor. Y en nombre de este algo juzgamos, condenamos, excluimos y matamos.
Luchamos incansablemente para sentirnos amados y para que alguien o algo nos ame. Luchamos para llenar al vacío que tenemos adentro, un vacío insoportable que no queremos ver. Y lo intentamos llenar con el poder, el éxito, el dinero, el sexo, los vicios.
Y echamos la culpa afuera, siempre afuera, siempre a los demás. No soportamos el silencio y el vacío.
Pero no hay otro camino para la comprensión que enfrentar el silencio y el vacío.
No hay nadie afuera. La humanidad es una. Todo es uno.
“Ángeles” y “demonios” conviven en el corazón humano y los demonios que no queremos ver en nosotros lo estigmatizamos en los otros. Necesitamos de chivos expiatorios donde descargar nuestro odio y sed de venganza.

No existen los monstruos. Los monstruos los creamos cuando no queremos mirar adentro. Los monstruos los crea una sociedad que excluye, margina, condena, separa. Una sociedad hipócrita que condena el abuso de alcohol y legaliza la marihuana, que condena el machismo y sigue usando el cuerpo de la mujer como un objeto, que regala computadoras a nuestros niños y ofrece en la televisión pura basura.

Las cárceles son un reflejo de una sociedad. En las cárceles no están los peores, no están simplemente personas que delinquieron: está también lo que una sociedad no quiere ver de sí misma. Todavía necesitamos cárceles sin duda: ¡qué triste! Las necesitamos porque todavía no hemos comprendido. Y por eso no sabemos amar.

En el tristísimo caso de Valentina y Brissa ocurre lo mismo. Las víctimas no son solo una niñas a las cuales se le arrancó la primavera. Las víctimas no son solo sus familias con su inmenso dolor. Son también los asesinos: víctima de una falta de comprensión y de amor. ¿Fueron amados estos asesinos? ¿Alguien los escuchó profundamente? ¿Alguien se hizo cargo de su dolor o sus patologías mentales?
Víctimas también por la pregunta que sin duda en algún momento asomará a sus maltrechos corazones: ¿cómo seguir viviendo con semejante macizo en la conciencia?  
Víctima es nuestra sociedad: ¿de donde vienen los asesinos? ¿dónde fueron a la escuela y al liceo? ¿en que barrio se criaron? ¿Dónde están o estaban sus amigos? Sus padres y abuelos acaso ¿no son nuestros vecinos?

Todo esto – tal vez mejor explicitarlo – no quiere justificar nada ni nadie. Ya lo anuncié antes: comprender no es sinónimo de justificar.
El mal y el dolor no se justifican, se asumen. Como Jesús en la cruz.
Todo esto es simplemente para compartir el dolor y proponer caminos de sanación para nuestra sociedad.
Agregar violencia a la violencia no nos ayudará.
Agregar odio al odio tampoco.
Agregar comprensión si. Y la comprensión profunda se educa.
Todos los buenos psicólogos saben bien que el órgano sexual por excelencia es el cerebro, no penes y vaginas.
Es la mente que hay que educar: el pensar, el sentir, las emociones y los sentimientos. La castración impedirá una violación física pero no otros tipos de violaciones y violencias. Castrados unos aparecerán otros: ¿castramos a todos? ¿Agrandaremos las ya insuficientes cárceles hasta que entremos todos?

Todos estos son parches. Necesarios tal vez, pero parches. No solucionan. La justicia tiene y debe hacer su curso, obviamente. Y es una justicia que sin duda tiene fallas. Una justicia a menudo superficial, corrupta y demasiado vinculada al poder político. Pero la sola justicia no arregla lo que el corazón humano no comprende. La experiencia bíblica lo reconoce desde hace siglos: la justicia sin misericordia engendra más injusticia. Para Jesús la justicia de Dios es su misericordia. Estamos lejos de esta visión todavía.

Lo que pasó con Valentina y Brissa es incomprensible sin duda y no tiene respuesta.
Pero…¿tiene respuesta el holocausto de los judíos?
¿Tiene respuesta el éxodo de millones de refugiados escapando del hambre y la guerra?
¿Tiene respuesta el genocidio de enteras poblaciones?
¿Tiene respuesta el terrorismo?
¿Tiene respuesta la crueldad del narcotráfico?
No tienen e igual respondemos desde siempre con la misma moneda: represión, violencia, odio.
Las medidas represivas por si solas no sirven, no educan. Son parches, ya lo dijimos. A veces necesarios es cierto pero nunca humanizantes ni útiles.

La clave es educar a la comprensión. Desde ya. Es urgente.
Educar la mente es educar el corazón. Educar mente y corazón conducen a la comprensión profunda: ¿quién soy? ¿quiénes somos? ¿qué es el amor? ¿qué significa amar? ¿cómo vivir el dolor y como transformarlo en amor?
Nadie nos ayuda a responder a estas preguntas.
Ahí radica el camino educativo. Para las familias y las instituciones.
Son días tristes y de gran dolor. Pero el amor está siempre ahí: sonriéndonos en las esquinas de la vida. Está ahí para que comprendamos.
Y el camino de comprensión siempre empieza por uno mismo: hasta que no descubro el amor y la paz que soy, seguiré de alguna manera buscándolos “afuera”, generando violencia.






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