En este segundo domingo de Adviento se nos presenta con fuerza la figura de Juan Bautista.
Juan prepara la venida y la revelación de Jesús a Israel desde un tono amenazador que pide una urgente conversión: “Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión” (3, 7-8).
A veces necesitamos un sacudón para despertar del aletargamiento y de la inercia que nos acechan, pero hay que estar sumamente atentos a no caer en una visión de la fe que hace de la amenaza, de la culpa y del miedo sus armas preferidas.
Sabemos que, en muchos casos y a lo largo de los siglos, la evangelización sucumbió a esta visión y muchas personas todavía están pagando un precio muy alto, en cuanto a traumas, sentimientos de culpas, alejamiento de la fe.
La evangelización nunca puede usar las armas de la amenaza, de la culpa y del miedo para anunciar el rostro misericordioso de Dios que Jesús nos reveló.
El sacudón que a veces necesitamos tiene que hundir las raíces en la misma consciencia y experiencia de Jesús. El sacudón siempre tiene que partir de una intención amorosa y de una visión confiada de la realidad: cada cual está haciendo lo mejor que puede, cada cual es una revelación de la vida de Dios en este mundo.
Esta visión surge de la comprensión que, a su vez, genera compasión. La verdadera conversión a la cual invitaba tan fuertemente Juan Bautista, brota de esta comprensión.
Si nos miramos y miramos al mundo desde este nivel de consciencia, todo está bien, todo está perfecto para nuestro aprendizaje y nuestro crecimiento: ¡Qué paz y que alegría!
Lo que se nos pide es apertura y atención.
A esto se refieren las bellísimas palabras del profeta Isaías que Mateo pone en los labios de Juan:
“Una voz grita en el desierto: preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.”
¿Qué es esta voz?
Es la voz de nuestra consciencia que corresponde a la mismísima voz de Dios. Escuchar nuestra consciencia es escuchar a Dios.
Hay que aprender a escuchar esta voz. Es una voz serena, humilde, silenciosa. Es la voz del alma que, a menudo, viene tapada por las demás voces.
El poeta lo tiene claro: “A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una.” (Antonio Machado).
Es la misma y tierna voz de Dios que busca al hombre después del pecado en el libro del Génesis: “¿Dónde estás?” (3, 9).
Es la misma voz del amado que sorprende y enamora a la amada del Cantar de los Cantares: “La voz de mi amado” (2, 8).
Aprender a escuchar la única voz, la sola voz. ¡Qué maravilla!
Dios mismo nos llama a prepararle el camino.
Dios mismo nos llama a allanarle los senderos.
El camino del Adviento nos recuerda lo único que estamos llamados a hacer: vaciarnos, transformarnos en cauces, en huecos, por donde pueda entrar e inundarnos la luz divina.
Resuenan hermosas y actuales las palabras de Angelus Silesius: “Si Jesús naciera mil veces en Belén, pero no nace en tu corazón, de nada te serviría.”
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