Empezamos hoy el camino del Adviento y el texto evangélico se centra y concentra sobre la atención y la vigilancia.
Jesús vino, Jesús viene, Jesús vendrá. Jesús siempre está viniendo a través del Espíritu y la única forma de recibirlo y encontrarlo es estando atentos, centrados, despiertos.
El texto de hoy es claro y contundente.
“En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre” (24, 38-39): estamos en la misma situación que en el tiempo de Noé, con el añadido de las complicaciones tecnológicas: Noé no tenía WhatsApp, ni Instagram. Se comunicaba a través de palomas. La tecnología, más allá de todo lo positivo, vino también para revelarnos nuestro nivel interior de dispersión y de superficialidad.
La gente “parece vivir” pero, en el fondo, muchas personas simple y trágicamente sobreviven: están vivos, pero no viven.
Es la vida “en piloto automático”: “la gente comía, bebía y se casaba…”. Se evaden las preguntas claves y se entra en la espiral mortífera de una rutina mecánica y deshumanizante.
Lo expresa muy bien esta anécdota:
En cierta ocasión un discípulo preguntó a un venerable anciano:
- “Santo Padre, ¿hay algo que yo pueda hacer para conseguir la iluminación?”.
Y el santo varón respondió:
- “Tan poco como por hacer que el sol salga por la mañana”.
- “Entonces – preguntó el sorprendido discípulo – ¿de qué sirven los ejercicios espirituales que prescribes?”.
- “Para asegurarte – dijo el anciano – de no estar dormido cuando el sol comience a salir”.
El sol sale, Dios está presente, el Espíritu nos habla: nuestros “ejercicios espirituales” – oración, meditación, silencio, retiros, estudios – no provocan la Presencia, sino que la evocan; no provocan la Presencia, la reconocen.
Jesús es el hombre atento, el hombre vigilante, el hombre que ama la atención y nos la muestra como camino autentico de crecimiento: “Miren los lirios del campo” (Mt 6, 28). ¡Miren!
Visión, atención, luz, vigilancia, interioridad: muchas formas de expresar lo mismo. Cada una con su matiz.
Un texto extraordinario de Simone Weil lo expresa así:
“El deseo de luz produce luz. Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención. Es realmente la luz lo que se desea cuando cualquier otro móvil está ausente. Aunque los esfuerzos de atención fuesen durante años aparentemente estériles, un día, una luz exactamente proporcional a esos esfuerzos inundará el alma. Cada esfuerzo añade un poco más de oro a un tesoro que nada en el mundo puede sustraer.”
Podemos comprender ahora los enigmáticos versos de nuestro texto: “De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada” (24, 40-41).
¿Qué quiere decirnos Jesús?
Que lo que importa es lo interior, la actitud interior. Lo de afuera puede ser igual, pero la actitud interior lo cambia todo. La atención lo cambia todo, la consciencia lo cambia todo… aunque “afuera” no cambie nada.
Podemos estar haciendo la mismo: quién actúa con atención, “entra en la Vida”, es decir, se hace consciente de la Presencia de Dios. Quién actúa distraído, sin intención, sin consciencia, vive en la superficie de la vida… y se perderá la experiencia del encuentro con lo divino.
Dios nos espera en el aquí y el ahora: presente y Presencia son las dos caras de lo mismo.
Dios nos espera en la vida y la vida siempre es aquí y ahora.
Dios se nos revela en la vida y cuando vivimos la vida con atención, entusiasmo, amor.
El más pequeño detalle puede transformar nuestra vida: basta estar ahí.
El más pequeño detalle, la más “insignificante” experiencia, puede convertirse en iluminación: basta estar atentos.
Vivamos este tiempo con más atención, abiertos al instante, este instante, en el cual Dios te está amando, te quiere encontrar y quiere manifestarse al mundo a través de ti.

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