domingo, 26 de febrero de 2017

Mateo 6, 24-34





Hoy se nos regala un texto maravilloso, algo poético, empapado de confianza. Tiene su paralelo en el evangelio de Lucas (12, 22-31).

Justamente la confianza es una de las actitudes fundamentales de Jesús. El Maestro de Nazaret tiene una actitud constante de confianza hacia la vida y los evangelios la subrayan a menudo.

Esta radical confianza de Jesús tiene espesor, porque fue puesta a dura prueba. No es la confianza barata de quien vive superficialmente, en la comodidad y sin preocuparse por el otro. La vida del Maestro no fue fácil: incomprensiones, conflictos, pobreza, inestabilidad… hasta la pasión y muerte. Nunca perdió la confianza.

¿De donde surgía esta confianza inquebrantable?

Sin duda de su experiencia y su visión. Jesús experimentó el fondo de bondad de lo real. Vio que la raíz de la realidad es el amor. Esta es su experiencia y la experiencia fundante de lo que los cristianos llamamos “Dios”. Todo lo demás brota de eso y en eso encuentra su sentido.
Esta confianza y esta visión conducen de la mano a una nueva y asombrosa actitud frente a la vida: desaparece la inquietud (otras traducciones dicen “agobio”) y todo aparece como un milagro.
La inquietud típica del hombre moderno nace del constante afán de poseer y de la ilusoria sensación de falta: buscamos y buscamos algo que nos llene la vida y eso inquieta y agobia. La búsqueda compulsiva e insaciable del ego.
En realidad nada falta: la plenitud está siempre presente, aquí y ahora. Tu vida es plena en este preciso momento. Cada cosa es expresión única y maravillosa de lo Uno: Dios, el Amor. En cada detalle Todo está misteriosamente contenido y escondido. Solo hace falta verlo y para eso hay que entrenar la visión. La mente no puede verlo, solo el silencio del corazón ve.
Jesús lo vio y brotó poesía. Y todo se convierte en milagro.
Viendo que todo es un milagro explota la gratuidad: “Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?” (Mt 6, 26-27).

Comprendemos entonces la paradoja de la sabiduría oriental que insiste en el “no-hacer”: no hay nada que hacer, simplemente aceptar, disfrutar, fluir. Nuestra sociedad occidental enferma de pragmatismo e individualismo cree que la plenitud sea fruto exclusivo del esfuerzo: terrible engaño. Todo es un don, a partir de tu respirar de este momento. Comprendido esto, el esfuerzo, a veces necesario, cobra su sentido y su valor.
Desde este paradójico “no-hacer” – desde la experiencia radical de la gratuidad – brotará la quietud y la acción correcta.

Y la vida fluirá desde el Amor, como un milagro constante, come poesía repetida y siempre nueva.


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