domingo, 12 de marzo de 2017

Mateo 17, 1-9




En este segundo domingo de cuaresma la liturgia nos ofrece el famoso texto de la transfiguración de Jesús en la versión de Mateo. También la encontramos en el evangelio de Marcos (9, 2-9) y Lucas (9, 28-36). Experiencia importante entonces, subrayada por los tres evangelios sinópticos.

El texto de Mateo se inspira muy probablemente a Éxodo 24 donde se relata la subida al Sinaí de Moisés con sus tres compañeros (Aarón, Nadab, Abihú). Los elementos comunes son muchos: montaña, nube, tres compañeros, experiencia profunda de Dios. Sin duda Mateo, como es su costumbre, quiere mostrarnos en Jesús al nuevo Moisés.

Llegar al núcleo histórico de esta experiencia de Jesús con Pedro, Santiago y Juan  resulta imposible: son demasiados los elementos simbólicos y catequéticos. Tampoco es lo esencial.
Los evangelios no son un libro de historia, sino un compartir de una experiencia.
Experiencia que podemos y debemos leer en el aquí y ahora de nuestras existencias.

La transfiguración: personalmente me gusta creer que en realidad no fue un cambio externo de Jesús, sino un cambio de visión de sus íntimos amigos: su mente se calmó y su visión se aclaró: vieron la luz interior de Jesús, su esencia, su unidad con el Padre.

¿Por qué Jesús era un hombre transfigurado?
¿Qué quiere expresar la transfiguración?

Jesús era un hombre transfigurado porque vivía plenamente desde su autentica identidad: Dios. En él humanidad y divinidad estaban en perfecta armonía. Su humanidad trasudaba divinidad. Jesús era tan humano, pero tan humano, pero tan humano que simple y maravillosamente transparentaba a Dios. Como dijo bellamente Leonardo Boff: “tan humano, solo Dios”. Con Jesús se terminó de una vez para siempre la ilusoria y terrible separación entre humano y divino, entre hombre y Dios. Humanidad y divinidad son las dos caras de una misma realidad.
Experimentar la transfiguración es darse cuenta de eso, así de simple. Así de fundamental.
Lo que Jesús es todos lo somos. Simplemente él se dio cuenta y nosotros no. A ver si despertamos… Todos somos personas transfiguradas, pero no lo sabemos.
Tal vez demasiada luz y no logramos ver. El ser humano a menudo no soporta la luz: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron” (Jn 1, 5)
Como dice Franz Kafka: “Jesús es un abismo de luz. Hay que cerrar los ojos para no despeñarse”. En algún momento habrá que soportar la luz…

Un pensamiento angustioso podría sobrevenir: ¿qué tendríamos que hacer para sentirnos transfigurados?
La mente siempre la quiere complicar. En realidad todo es mucho más simple de lo que creemos.
Para percibirnos como seres transfigurados alcanza con vivir en plenitud nuestra humanidad. Como el Maestro.
La plenitud humana revela y expresa la plenitud divina, ni más ni menos.
Desarrollar nuestra humanidad y a la vez aceptar lo limites de nuestra condición humana es el camino, el único camino para descubrir los seres transfigurados que ya somos.

Tal vez el gran problema actual – el único problema serio – es que ya no sabemos que significa ser humano. El hombre deambula perdido entre bestialidad y deseos angelicales y se pierde lo único real: su humanidad.
Aprender una y otra vez a ser humanos: ahí el desafío.
Jesús es uno de los mejores iconos de lo que significa ser plenamente humano: autenticidad, libertad, compasión son los rasgos que definen su existencia.

Ejercitarse en eso es aprender a ser humanos. Practicar la compasión, vivir desapegados en profunda libertad, ser auténticos: ahí el camino de humanización que, simultáneamente, es camino de divinización. Camino sin origen y sin meta. Camino desde ya transfigurado.









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