domingo, 26 de marzo de 2017

Juan 9, 1-41




El cuarto domingo de cuaresma nos presenta otro texto central del evangelio de Juan. Otra obra maestra del evangelista: el ciego de nacimiento.
Como vimos también el domingo pasado en el encuentro de Jesús con la samaritana, también hoy Juan teje el relato entrelazando el sentido literal con el simbólico.
Los temas presentes son múltiples. El texto de hoy es de una riqueza inagotable.
Subrayaré dos aspectos.

1)            Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego? Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9, 2-3).

La pregunta de los discípulos a Jesús y la relativa respuesta del Maestro abordan uno de los grandes temas humanos: el origen y la función del mal. Todas las grandes religiones y tradiciones son el intento de responder a esta acuciante pregunta. Dependiendo de la respuesta la humanidad se fue construyendo una u otra imagen de la divinidad. Sabemos la lúcida y coherente respuesta del racionalista francés Voltaire a partir de la constatación indiscutible de la experiencia del mal y del dolor:  si Dios es bueno no es omnipotente y si es omnipotente no es bueno. Adentro del esquema mental racionalista la respuesta de Voltaire es totalmente coherente.
Jesús da una respuesta novedosa, extraordinaria, sorprendente. Todavía el cristianismo y la iglesia estamos lejos de comprenderla fehacientemente. Maestro Eckhart en el 1200 había vislumbrado la cuestión: "En todo obra, incluso mala - y digo mala sea en orden a la pena, sea en orden a la culpa -, la gloria de Dios se hace manifiesta y resplandece por igual." Sin duda rozamos el Misterio y nuestra racionalidad tiene que dejar espacio al silencio contemplativo. Que nos guste o no nos guste, que nos duela o no nos duela, todo es manifestación de Dios. ¿La muerte de Jesús acaso no manifiesta el amor más radical? Pero no… seguimos atrapados en nuestros esquemas mentales y nuestros juicios arrogantes, creyendo poseer la verdad y controlando la vida. Obviamente, después de reconocer que todo es manifestación de Dios, podemos actuar para transformar la realidad, aliviar el dolor y crecer en dignidad humana. Jesús cura el ciego, pero lo cura después de reconocer que Dios ya estaba presente y actuante en su ceguera. ¡Maravilloso!

2)             Ceguera, visión, luz. Todo el relato es un continuo ir y venir entre ceguera y visión: ¿qué significa la ceguera? ¿Qué significa ver?
Abordar el tema de la luz es clave. Juan pone en boca de Jesús la definición: “yo soy la luz del mundo”. ¿Qué expresa la luz? La luz es una constante en todos los caminos espirituales: tiene que ver con iluminación, despertar, visión, resurrección. Expresa en el fondo la verdadera comprensión. Comprensión en su sentido profundo, esencial. En occidente hemos embretado el comprender a la esfera racional: operación reductiva y engañosa.  Hoy en día la neurociencia está confirmando lo que las tradiciones espirituales ya vislumbraban: lo que mueve prioritariamente el ser humano es la esfera emocional y solo en un segundo momento aparece la esfera racional que elabora, reprime, selecciona lo emotivo. La comprensión verdadera entonces – la luz – se engendra del silencio emocional y mental. Los fariseos no entienden ni al ciego, ni a Jesús porque están terriblemente atrapados en creencias: afirmaciones simple y exclusivamente emocionales y mentales. No logran salir de esta terrible prisión y esto los lleva a actuar paradójicamente en sentido opuesto a lo que la ley – que tanto pretender defender – sugiere: no le importa la persona del ciego ni que recuperó la visión. No les importan los padres del ciego ni el maestro que devuelve salud y dignidad. Solo le importa defender su postura mental, sus creencias. En realidad están lejos de comprender. Tristemente en muchas ocasiones sigo notando la misma postura en nuestra amada iglesia: preocupados por ser fieles a ritos, normas y doctrinas no disfrutamos del don de la luz y no logramos compartirlo.

Nos falta comprensión y la comprensión pasa por otros caminos. La compresión verdadera tiene siempre un matiz paradójico: “He venido a este mundo para un juicio: «para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven». Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos?». Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece” (Jn 9, 39-41).

Comprender al otro – cualquier otro… persona, cultura, religión – solo es posible si suspendemos juicios mentales y logramos vivir lo emotivo con soltura y libertad. Solo a partir de esta comprensión es posible amar y vivir porque, por fin vemos: vemos que todo es amor y que el verdadero rostro del otro es un reflejo del mío.



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