domingo, 2 de abril de 2017

Juan 11, 1-45




El quinto y último domingo de cuaresma nos presenta el conocido texto de la resurrección de Lázaro.
De entrada quisiera subrayar el comentario de Jesús al enterarse de la enfermedad de su amigo: Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (Jn 11, 4). Y obviamente el evangelista sabía bien que Lázaro había muerto y además nos advierte que Jesús no va de apuro a ver al amigo, sino que “espera” que muera. Resuena lo que escuchamos el domingo pasado sobre el motivo de la ceguera del ciego de nacimiento: “Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9, 3).

También la muerte – de cualquier forma la entendamos e interpretamos – es manifestación y glorificación de Dios. Juan justamente interpreta la muerte misma de Jesús como glorificación.
Si la misma muerte – lo que más nos asusta y preocupa – expresa la gloria de Dios, ¿qué otras cosas podrían quitarnos la deseada paz?

Podemos experimentar la muerte desde la Vida si nos atrevemos a entrar en la experiencia de Jesús. Entrar en la experiencia de Jesús es aprender a ver la realidad como él la vio y a vivir desde la realidad contemplada. Cuando Marta profesa su fe en futuro: “Sé que mi hermano resucitará en el último día” (Jn 11, 24), Jesús contesta al presente: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). En este preciso instante somos Vida. “Yo soy la resurrección y la vida” expresa la experiencia central y fundante del maestro. Jesús se experimenta Uno con la Vida, Uno con el principio originario de toda las cosas, Uno con el Ser que engendra y sostiene todo lo existente.

Esta maravillosa experiencia que sostiene toda la vida del maestro de Nazaret no quita nada a toda su humanidad. El texto de hoy nos muestra la humanidad de Jesús en su emotividad, afectividad y fragilidad. Juan nos dice que Jesús se conmueve, sufre, llora. Como vos, como yo.
La experiencia de la plenitud de la Vida que todo abarca y sostiene no quita nada a la humanidad: le da pleno sentido.
Podemos llorar, reír, sufrir, conmovernos. Podemos: es un regalo. Somos seres sintientes y sentir la vida en todas sus manifestaciones es la aventura más hermosa.
Lo podemos hacer desde un sepulcro cerrado o desde un sepulcro abierto: y ahí todo cambia.

Experimentar la vida desde un sepulcro cerrado significa perderse en la experiencia, reducir todo a lo que sentimos y quedarnos muchas veces en las lagrimas: son las lagrimas de Marta que ve un sepulcro cerrado.
Experimentar la vida desde un sepulcro abierto es volverse dueño de lo que sentimos y abrazar todo experiencia y todo sentir desde la Vida que somos: son las lagrimas de Jesús que ve un sepulcro abierto.
El sepulcro de Lázaro resume y concentra todos los sepulcros de la historia. Tu sepulcro, mi sepulcro. El sepulcro de los asesinos y el sepulcro de los inocentes.
Sepulcros siempre abiertos. Siempre abriéndose. Constantemente la voz del Cristo está abriendo sepulcros. Entonces podemos vivir nuestra humanidad con total libertad, transparencia, entrega.

Nuestras lagrimas riegan los sepulcros abiertos de la historia. Nuestro dolor fecunda los sepulcros convertidos en jardines.
Desde los sepulcros abiertos de la historia la muerte no asusta más. Simple y maravillosamente se vuelve otra manifestación y glorificación del Dios de la Vida.



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