jueves, 2 de marzo de 2017

Normal y anormal



Esta simpática e interesante tira de Charlie Brown me sugirió compartir algo sobre el tema.
Creo es importante. En nuestra sociedad occidental reina una gran confusión sobre temas claves, cuales: derechos y deberes, respeto, tolerancia, normal y no normal, legal y no legal, ley y libertad. Hace relativamente poco tiempo el hombre occidental forjado en la revolución francesa y la filosofía positivista creyó que la luz de la razón lo hubiera arreglado todo, conduciendo el ser humano a la deseada paz, justicia, fraternidad. Nos estamos dando cuenta con dureza que no es así. Esta confusión general y este clima constante de insatisfacción y de lucha revelan fehacientemente la insuficiencia y los limites de la razón y lo razonable. El ser humano es mucho más que su cerebro y su intelecto. Sobre todo porque sabemos muy bien que razón e intelecto están heridos por la afectividad y condicionados terriblemente por el ego. En sustancia: a la hora de ver y discernir la mente, por si sola, falla. O, en el mejor de los casos, se vuelve fanáticamente parcial.

¿Qué es lo que estamos viendo hoy?

Que lo que antes era considerado “normal” ahora en muchos casos es considerado “anormal” y viceversa. Antes lo “normal” era una familia con papá, mamá y los hijos de la misma pareja. Hoy parecería que ya esto no es normal. Antes “normal” era ser y sentirse heterosexual. Hoy parece al revés. Antes nos centrábamos en los deberes, ahora parece que solo existen los derechos. Los ejemplos se podrían multiplicar por miles. Me detengo acá.

¿Dónde está la falla?

En primer lugar en los conceptos de “normal” y “anormal”. Vivir a partir de conceptos – o ideales dicho de otra manera – no siempre lleva por buen camino. A menudo, especialmente cuando nos empecinamos y absolutizamos las ideas, en lugar de construir humanidad la destruimos.
El psiquiatra escocés Ronald David Laing hablando sobre lo “normal” afirmó una vez que el hombre considerado “normal” – justamente a partir de la conquistada racionalidad – es aquel que en el último siglo del pasado milenio mató a millones de seres humanos.
¿Desde donde juzgamos que algo es “normal” o “anormal”?
Tal vez la primera cosa es dejar de juzgar. Dejar de discriminar, mejor dicho. Discriminar en el sentido original de la palabra: dejar de separar. La Vida siempre se nos presenta y se nos regala entera, limpita, perfecta. Una. Dejar de separar es el primer gesto sabio y honesto hacia la vida.
En realidad “normal” y “anormal” son simples conceptos mentales que poco o nada tienen que ver con la vida. Lo que es “normal” para una araña es el fin del mundo para la mosca atrapada en su tela.
Lo que importa es la vida plena, aquí y ahora. Podemos entonces hablar de lo que construye vida y lo que la destruye.
En segundo lugar comprender la distinción entre reacción y acción.
Lo que estamos viviendo hoy, la proclamada crisis de valores y confusión, se debe a que no hemos aprendido las leyes básicas de la física que se estudian en la adolescencia. En concreto la tercera ley de Newton: “Siempre que un objeto ejerce una fuerza sobre un segundo objeto, el segundo objeto ejerce una fuerza de igual magnitud y dirección opuesta sobre el primero”.
En otras palabras: a cada acción corresponde una reacción igual y contraria.
Por siglos hemos machacado con ideales de normalidad: heterosexualidad, estilo de familia, maneras de vivir la fe, posturas políticas.
Lo que estamos viendo hoy en muchos casos es la reacción igual y contraria. Con la misma intensidad con la cual la sociedad anterior rechazó la homosexualidad, la sociedad actual – en sus lobbies de poder – parece rechazar lo heterosexual.
En política parece ocurrir lo mismo: las izquierdas y las derechas se alternan en el poder con la misma escalofriante superficialidad de una reacción emotiva adolescente.

¿Dónde está la verdad? En ningún lado obviamente. Y en todo.
¿Dónde está lo “normal”? En ningún lado obviamente. Y en todo.

La verdad no está en ningún ideal, conceptos, reacción.
La verdad precede todo esto, lo abarca y trasciende. Porque la verdad es la vida, no un concepto sobre la vida.

La verdad la vislumbramos en la acción correcta de la cual hemos ya hablado en este blog.
Es la acción pura que nace de un amor indiscriminado e incondicionado a la vida. El amor es acción, no reacción. La reacción es fruto de nuestro ego, o sea, nuestras ideas sobre lo que es o no es “normal”. Vivimos reaccionando, vivimos superficialmente a partir de lo que creemos “normal”. Creencias, obviamente, que son parciales, temporales y a menudo irracionales y erradas.

La vida es vida. Intacta. Perfecta. Plena. La vida no se pregunta sobre “normalidad”. La flor simplemente florece, sin preguntarse como florecer “normalmente”.
Amar la vida en su totalidad, así como se manifiesta: solo esto es sabio. Solo este amor incondicionado construye humanidad.
Y esto se logra solo saliendo de la mente que juzga y discrimina. La verdadera tolerancia precede la razón y el pensar: se sitúa donde la vida brota como regalo incondicional. En palabras de Jesús: “el Padre hace salir su sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 45).





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