domingo, 8 de abril de 2018

Juan 20, 19-31




Este relato tan famoso del evangelio de Juan es una catequesis. Todos los relatos de las apariciones de Jesús no hay que tomarlos como si fueran históricos. Son mensajes de fe que quieren transmitir una experiencia.
Los evangelistas quieren compartir con sus comunidades y con nosotros su experiencia del Resucitado y usan la técnica literaria de las “apariciones”: “¡lo hemos visto!”. En aquel tiempo era también la manera más contundente para ser creídos.
El texto de hoy entonces es una maravillosa catequesis sobre la resurrección.
Los discípulos están encerrados: tienen miedo. El miedo es la emoción característica que se opone al amor y al entusiasmo. El miedo paraliza y encierra.
La “aparición” de Jesús trae paz y alegría: el miedo desaparece. Esta en el fondo es la experiencia central del cristiano: el encuentro con Cristo es el encuentro con un Amor que destierra el miedo y llena de paz y alegría.
En esta catequesis de Juan central es el encuentro y el dialogo entre Tomás y Jesús.
Tomás no está la primera vez que Jesús aparece. Por eso expresa su queja: “yo también quiero verlo y tocarlo”.
En el fondo el deseo de Tomás es el deseo escondido y oculto de cada corazón humano, que lo sepa o no: “¡queremos ver Dios! ¡Queremos tocar a Dios!
Es el deseo originario y fundante de todo nuestro ser. Todos los demás deseos, por cuanto se disfracen, esconden este único deseo.
San Agustín lo había descubierto cuando exclamó: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti.
El anhelo de plenitud y de eternidad del corazón humano es imborrable y con una fuerza poderosa empuja para salir a luz. Muchos místicos identifican este anhelo con Dios mismo.
Dios mismo se oculta en el corazón humano en forma de deseo y se hace “anhelo de sí mismo”: ¡que maravilla!
Escuchar este deseo es esencial para nuestro crecimiento: nos daremos cuenta que todos los demás deseos solo apuntas a este único deseo.
La frase en forma de reproche que Juan pone en boca de Jesús: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 29) nos invita a otra visión.
La interpretación tradicional y común es simple creencia: creer en algo que no se ve. Más superstición que fe.
La fe evangélica y antropológica, lo sabemos, es confianza. Y la confianza nace de la visión.
Para confiar hay que ver, tocar, experimentar.
Por eso Tomás tenía razón: “¡quiero verlo y tocarlo!
Si nuestro camino humano y de fe no nos lleva a “ver a Dios” todavía estamos inmaduros. Obviamente hablamos de la visión del corazón, no de la física.
Los místicos se refieren a esta visión con la apertura del “tercer ojo”: es el ojo interior que descubre la Presencia de Dios en todo y en todos.

¡Qué se nos abra este tercer ojo!
¡Qué podamos ver, por fin, el Amor quieto y perfecto que resplandece por doquier!
¡Qué podamos dar cabida al anhelo de infinito que nos habita! Amén.







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