domingo, 17 de junio de 2018

Marcos 4, 26-34




Marcos no nos transmite muchas parábolas de Jesús: podemos suponer con cierta seguridad que quiere subrayar que Jesús enseña haciendo. En su evangelio encontramos solamente nueve parábolas, de las cuales dos son exclusivas (no están en los demás evangelios). La primera parabolita de hoy (4, 26-29) es una de estas dos. Es una de las parábolas que más amo. Es la parábola de la gratuidad: la semilla crece por sí sola, tiene en sí misma la fuerza y el dinamismo de la vida. La figura del sembrador pasa en segundo plano. 

Es una parábola sumamente revolucionaria, especialmente en nuestra sociedad que vive de la “lógica de la eficiencia”. La “lógica de la eficiencia”, del activismo, del hacer y del trabajo nos hizo perder lo central del evangelio: la gratuidad. Todo es don y regalo. Siempre y antes que nada, todo es don y regalo: no hay que olvidarlo nunca. La existencia – desde la cual hacemos y trabajamos – es un don. La vida, que nos permite también hacer y trabajar, es don.

En la cultura occidental y en la cultura del capital parece que se vive para trabajar y que solo la eficiencia en el trabajo es valorada. Se apunta a menudo a la cantidad más que a la calidad y siempre al crecimiento: crecer, crecer, crecer. Todo se evalúa en términos numéricos. Si nuestro enfoque, como individuos y como sociedad, se centra únicamente o prioritariamente en el crecimiento y en la eficiencia, los resultados son los que muchas veces nos deshumanizan: conflictos, estrés, superficialidad, cansancio. 
Pero, como justamente afirma José Antonio Pagola “Jesús entiende que la ley fundamental del crecimiento humano no es el trabajo, sino la acogida de la vida que vamos recibiendo de Dios.

La lógica del evangelio es, entonces, otra: es la lógica de la gratuidad. La lógica de la gratuidad apunta también al crecimiento, pero un crecimiento sereno y armónico.
Es el crecimiento que vemos reflejado con tanta sabiduría en la naturaleza: todo florece a su tiempo, todo madura a su tiempo. Y cuando queremos forzar este crecimiento las cosas no salen bien y afectamos a nuestra salud, nuestras relaciones y a la madre tierra.
La lógica de la gratuidad es la maravillosa lógica del ser: conectados a lo que somos, a nuestra identidad más honda, el crecimiento será la expresión y la manifestación de esa misma identidad. Como justamente una semilla, que ya tiene en sí mismo el futuro árbol: es el maravilloso e incompresible Misterio de la Vida y del Amor. Todo está ya dado y solo tenemos que recibirlo y dejarlo ser. Es la invitación apremiante de todo camino místico: “¡Sé lo que eres!

Lo expresa muy bien la filosofa española Mónica Cavallé: “El Origen de todo es también la fuerza de todo. Es aquello que vive en nosotros, respira en nuestra respiración y pulsa en el rítmico fluir de nuestra sangre; aquello que ríe cuando reímos y danza cuando danzamos; lo que arde en nuestra ira y nuestro deseo. Lo que mira por nuestro ojos, piensa en nuestro pensamiento y nos inspira palabras cuando hablamos. El vigor que late en la semilla, la inteligencia ilimitada e insondable que todo lo rige y en todo se manifiesta.

La gratuidad es la fuerza primordial que todo une: vivirse desde la gratuidad es comprender que todo tiene en sí mismo esa fuerza. Por eso que la gratuidad es el camino más directo hacia la unidad, la reconciliación y la paz.
Y el camino de la gratuidad empieza aquí y ahora, por las cosas sencillas y por lo pequeño. Como sugiere la famosa parábola del grano de mostaza – Mc 4, 30-32 – que encontramos, el texto de hoy, a continuación. Otra parabolita que va a contracorriente de los criterios a los cuales estamos acostumbrados y que nos esclavizan: la obsesión por lo grande y los números. Nos quieren hacer creer que la felicidad pasa por lo grande y en una sociedad mediática y de redes sociales esto se refleja en el deseo de ser famoso y conocido, en la cantidad de seguidores que uno tenga en Facebook, Twitter, Instagram, en el deseo de aparecer por televisión y revistas varias. Todo pasa por la apariencia, por la necesidad de ser “visto” y, por qué no, por la cuenta bancaria. No por nada los sistemas bancarios y financieros se codean con el poder, la corrupción y la política.

En el fondo del corazón sabemos bien que no es así y tantas historias de “famosos” – tristes, enfermos, estresados, patológicamente superficiales – lo confirman. Pero lo grande y la apariencia crean adicción: hay que estar atentos y lucidos. Las falsas luces encandilan a nuestro ego. La luz real es interior y no nos encandila: sugiere, anima, invita.

El evangelio nos muestra el camino de lo pequeño, lo humilde y lo sencillo: ¡cuanta felicidad pasa por ahí! Lo hemos experimentado sin duda.

¿Qué hay de más lindo que una cena en familia o entre amigos?
¿Qué hay de más lindo que un pequeño regalo hecho desde el amor?
¿Qué hay de más lindo que una sonrisa sincera de un niño?
Son cosas tan sencillas y pequeñas que… ¡no tienen precio! Son impagables.

¿Cuánto cuesta la sonrisa de un niño?
Como afirma con vigor y claridad – un libro bíblico olvidado – el Cantar de los Cantares: “Si alguien ofreciera toda su fortuna a cambio del amor, tan sólo conseguiría desprecio” (8, 7).

Lo esencial de nuestra vida es gratis, es un don.
El Amor que nos constituye es un don. El don del ser que nos “hace ser” es un don.
Es el mismo y único ser que fluye en todo y en todos: en la semilla que crece por sí sola, en el grano de mostaza y en tus venas.
Es el mismo y único Amor que se manifiesta en lo pequeño y lo cotidiano y que da valor a cada momento.
No intentemos ser grandes: no es necesario. Ya lo somos: no podemos ser más de lo que somos. Simplemente seamos lo que ya somos. Seamos el Amor – original y único en cada uno – que nos es regalado a cada momento.




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