domingo, 3 de junio de 2018

Marcos 14, 12-16. 22-25.





La iglesia celebra hoy la fiesta del Corpus Christi: fiesta de la Misa, fiesta de la Presencia Eucarística.
Quiero comenzar esta reflexión con dos cuestionamientos contundentes de dos teólogos actuales:

El primero: “Es un hecho que la iglesia ha dispuesto las cosas de manera que, hoy en día, tal como la autoridad eclesiástica ha legislado que se tiene que celebrar la Eucaristía, la consecuencia es que más de la mitad de las parroquias del mundo no tienen, ni pueden tener misa al menos una vez a la semana. La cosa es evidente: en lugar de hacer lo que hizo Jesús aquella noche (compartir mesa y mantel con un grupo que, al menos en principio, se querían), se ha organizado una teología y un ritual, que, tal como se han puesto las cosas, no es posible cumplir el mandato del Señor. Se necesita un sacerdote que haya estudiado, que esté soltero, que sea hombre (y nunca mujer), que tenga la aprobación del obispo (y el obispo la ha de tener de Roma…). ¿Estamos seguros de que la iglesia tiene autoridad (dada por Dios) para hacer lo que está haciendo? ¿No tendríamos que manifestar nuestro desacuerdo con el esmero que se pone en la observancia de los ritos sagrados, al tiempo que se olvida de forma escandalosa el mandato de Jesús?” (José María Castillo).

El segundo: “Las preguntas son inevitables: ¿no necesita la Iglesia en su centro una experiencia más viva y encarnada de la cena del Señor que la que ofrece la liturgia actual? ¿Estamos tan seguros de estar haciendo hoy bien lo que Jesús quiso que hiciéramos en memoria suya? ¿Es la liturgia que nosotros venimos repitiendo desde hace siglos la que mejor puede ayudar en estos tiempos a los creyentes a vivir lo que vivió Jesús en aquella cena memorable donde se concentra, se recapitula y se manifiesta cómo y para qué vivió y murió el Señor?” (José Antonio Pagola).

No quiero entrar en el merito de los cuestionamientos ni intentar respuestas apresuradas: se necesitaría más espacio y tiempo y la necesaria brevedad de esta reflexión no me lo permite.
Voy abriendo caminos y dando pistas, dejando la puerta abierta para seguir profundizando y aportando.

El numero 10 del documento Sacrosantum concilium del Concilio Vaticano II afirma que la liturgia, y especialmente la Eucaristía, es la “cumbre y la fuente” de la vida de la iglesia.
Lindas palabras por cierto. Palabras que quedaron huecas y que poco tienen que ver con nuestra realidad.
¿Por qué?
La cena de Jesús se fue desviando de su significado original y originario hacia el culto y el rito. Culto y rito que por sí mismos no son negativos cuando expresan vida y hacen la vida más humana y plena. Celebrar es parte de la condición humana. Celebrar humaniza.

Tal vez recuperando el sentido de la cena de Jesús lograremos resignificar la celebración de la Eucaristía y actualizarla.

La cena eucarística de Jesús – la que llamamos “última cena” – fue, justamente, una cena. Una de las innumerables cenas del maestro.
La cena – y en general el comer juntos – en el mundo semítico era de una importancia vital. Expresaba familiaridad, confianza, intimidad. No se comía con cualquiera. Jesús vive todo esto con una novedad decisiva: abre la mesa a todos. Especialmente a los pobres y marginados. En la mesa de Jesús todos encuentran lugar y todos son bien recibidos.
Nuestras celebraciones no se parecen mucho a estas cenas y tienen una cantidad de reglas que hacen difícil que se perciba la novedad de la mesa de Jesús.

Seguimos avanzando con la pregunta:
¿Cómo entiende Jesús esta cena especial antes de morir?
Los evangelios son unánimes: como entrega. Hasta el evangelista Juan, que no relata la cena, expresa la entrega con el maravilloso texto del lavatorio de los pies. Juan – de manera sorprendente – no transmite la cena de Jesús (si solo tuviéramos este evangelio no existiría la Misa…) pero nos regala su significado más hondo: servicio, entrega, amor.
Jesús está celebrando su entrega: lo que vivió cada día de su vida y lo que va a vivir con su muerte. Entregando el pan a sus discípulos, Jesús se está entregando.
Posiblemente la expresión semítica del texto griego “Tomen, esto es mi Cuerpo” decía así: “Tomen, esto soy yo”.  
Hay que salir de una materialidad exclusivista del pan eucarístico – que significaría reducir la Eucaristía a culto y rito – y no perder el sentido universal y simbólico de la eucaristía. Ni su función de memoria.
Jesús nos invita a celebrar para recordarnos de él: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22, 19).
Celebrar es hacer memoria de Jesús, de toda su vida, su enseñanza, sus opciones y, sobre todo, su entrega.
Lamentablemente en muchos casos se cuida excesivamente la liturgia olvidándonos del amor concreto que se hace entrega.
¿Por qué?
Sospecho y supongo porque es más fácil y menos exigente. Es más fácil preparar bien una linda celebración eucarística – cantos, flores, incienso, adornos y lecturas – que entregar la vida: escuchando, compartiendo el dolor, abriendo el corazón, dejando comodidades y egoísmos y dejándonos cuestionar por la realidad.

Por último no hay que olvidar la categoría de la Alianza. Categoría central en toda la Biblia y en la historia de Israel en la cual Jesús se inserta.
La cena de Jesús se inscribe en la cena pascual judía: cena que recuerda el pasaje del Mar Rojo y la liberación. Cena que sellaba la Alianza de Dios con su pueblo.
La cena de Jesús es la cena de la Alianza definitiva. En palabras actuales: una amistad eterna e indestructible.
Jesús en la última cena celebra el amor más grande, hecho amistad. Como ya había dicho: “Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre” (Jn 15, 12-15).

Celebrar la Eucaristía es celebrar las relaciones humanas, es celebrar la comunidad que se engendra a partir de la amistad. Es celebrar que nos conocemos, nos apoyamos, nos sostenemos recíprocamente.

De todo lo que dijimos podemos extraer dos ulteriores e importantes consecuencias.
·     Nuestras celebraciones están saturadas de palabras. Siempre estamos hablando o escuchando. Se perdió el sentido del Misterio que viene, antes que nada, del silencio. En realidad nuestra escucha es muy superficial, porque no es total y radical. Nuestras Misas son, la mayoría de las veces, celebraciones mentales y racionales que no ayudan ni conducen a la vivencia del Misterio. Transformar la celebración de la Misa pasa, a mi entender, por dar más espacio al silencio, a lo simbólico, a las imágenes, dando más participación y protagonismo a la comunidad y – por supuesto – que parta de la vida y lleve a la vida. ¡Que sea la fiesta de la amistad y del amor!

·     Otra desviación de la cena de Jesús la podemos notar en la costumbre de la adoración eucarística y en las procesiones con el Santísimo Sacramento. Si todo lo que hemos compartido tiene sentido y resuena en nuestro corazón nos daremos cuenta de todo eso. Ya la iglesia había afirmado que la conservación del pan eucarístico en el sagrario después de la celebración se debía a la necesidad de atender a los enfermos, para que, en otro momento, se les pudiera llevar la Comunión a la casa. Solo en un segundo momento entró la dinámica de la adoración que nada tiene que ver – discúlpenme la sinceridad – con la cena de Jesús. Más allá de esto, tampoco tiene que ver con el rostro de Dios que Jesús nos reveló. Jesús nos reveló un Dios que es Amor y entrega, un Padre/Madre con entrañas de misericordia que se preocupa de cada ser viviente… no un Dios que quiere ser adorado por sus creaturas. La imagen de Dios que vamos vehiculando con adoraciones y procesiones eucarísticas es la de un Dios con un terrible Ego y supernarcisista que pretende adoración y culto: una imagen también más cercana al Dios del Antiguo Testamento que al Dios del evangelio.
Cabe recordar la tajante afirmación de Ireneo de Lyon (130-202) cuando el cristianismo y el evangelio estaban en la frescura y transparencia de los comienzos: “La gloria de Dios es el hombre viviente”.  

La gloria de Dios – el verdadero culto y la auténtica liturgia – es la plenitud de la vida humana. Y una vida digna y plena para todos.
Damos gloria a Dios cuando somos plenamente humanos y construimos humanidad. Si la liturgia – y con ella la celebración de la Eucaristía – ayudan a eso, bienvenida sea.
Sino habrá que repensarla y convertirnos.






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