miércoles, 13 de junio de 2018

Polvo de estrellas: la “insondable riqueza de Cristo”


Es reconocida la genialidad de San Pablo, sin duda fruto de su experiencia mística. Pablo dio al cristianismo “alas cósmicas”: el Cristo de Pablo es a la vez interior y cósmico. El texto que leímos el pasado 8 de junio en la fiesta del Sagrado Corazón es de una belleza y profundidad extraordinaria: efesios 3, 8-19.
Pablo nos recuerda la “insondable riqueza de Cristo” (3, 8)  y “la anchura y la longitud, la altura y la profundidad” (3, 18) de su amor, amor “que supera todo conocimiento” (3, 19).

Este Amor tan infinito que nos supera totalmente y no podemos comprender constituye también nuestro “hombre interior” (3, 16).
Pablo en pocas frases concentra toda la historia y la paradoja de la experiencia mística: tan interior que define nuestra esencia, tan infinita que nos supera por completo.
Es el Misterio del Amor que experimentamos en nuestra cotidianidad cuando nos desprendemos del ego y somos cauce de este mismo Misterio: experimentamos simultaneamente la absoluta intimidad y la absoluta trascendencia. O, en otras palabras: nos sentimos plenamente nosotros mismos y simultaneamente uno con todo.
Todo esto lo podemos comprender también a través de la poesia y la ciencia.
Todo conduce, maravillosa y misteriosamente, a la misma y única Fuente.

La poesía sugirió que el ser humano es “polvo de estrellas”, justamente para subrayar el misterio divino que nos constituye. Misterio divino que es nuestra esencia y que no es afectado por nuestras maldades y egoismos. Un antiguo proverbio serbio nos hace esta invitación: “Sé humilde pues estás hecho de tierra. Sé noble pues estás hecho de estrellas.”

En los últimos decenios la ciencia, en especial la astronomia, está confirmando esta intuición poetica y mística.
Afirma el cientifico y divulgador estadounidense Carl Sagan (1934-1996): “El cosmos esta también dentro de nosotros. Estamos hechos de la misma sustancia que las estrellas.
Un estudio reciente de la Universidad estatal de Nuevo México confirma que el 97 % de la masa del cuerpo humano está conformado por materia procedente de las estrellas.
Somos polvo de estrellas: ¡casi literalmente! La ciencia confirma la intuición mística y poetica… y también la experiencia de Pablo y sus expresiones tan fuertes y contundentes.
En las estrellas podemos reconocer la la anchura y la longitud, la altura y la profundidad” del amor de Cristo y en el “polvo de estrella” que somos, el “hombre interior”.
Todo, misteriosamente, tiene el sello y la esencia cristica. Ya el genio teologico de Teilhard de Chardin lo había visto. La materia, lo que llamamos “materia” (en realidad la fisica cuantica sugiere que es “luz condensada” o “vacío sólido”) está “hecha de Cristo”.
Escuchamos el testimonio de Max Planck, uno de los padres de la física cuantica:
En cuanto físico que dedicó toda su vida a la ciencia más sobria, al estudio de la materia, estoy sin duda exento de la sospecha de ser un soñador. Así, después de mis investigaciones sobre el atomo, les digo: la materia en sí misma no existe. Cada materia nace y persiste solo mediante una fuerza, aquella que lleva las particulas atomicas a vibrar y que las tiene unidas como el más minuscolo sistema solar”.

La carta a los colosenses afirma que “en Crsito fueron creadas todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra, los seres visibles y los invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades: todo fue creado por medio de él y para él. Él existe antes que todas las cosas y todo subsiste en él. (Col 1, 16-17).
La divinidad que tanto anhelamos y buscamos llena las estrellas y los corazones.
El Amor y la Paz que ofrecen plenitud a nuestras vidas, descansan serenos en el corazón de cada cosa, animada o inanimada, “viva” o “muerta”. En realidad, desde esta hermosa perspectiva, no existe lo que definimos como “muerte”: existe algo que todavía no a despertato a la luz.
¿Cómo puede “algo” estar muerto si está “hecho de Cristo”?
Cuando digo “hecho de Cristo” no me estoy refiriendo a la materialidad de  la materia, sino a la “fuerza” de Planck que la mantiene unida y, en el fondo, la constituye… estamos rozando el Misterio que no se puede decir. En palabras de Pablo: “que supera todo conocimiento”. Por eso el silencio místico es esencial. Quién intentará comprender mis palabras racionalmente tropezará con una pared insormontable. Cuando dejamos de defendernos y nos entregamos al silencio, el Misterio, sobria y paulatinamente, se asoma.

Las inanimadas piedras no están “muertas”: están esperando despertar a la vida, están esperando ser más conscientes.
Es el camino evolutivo hacia el Cristo Cósmico que Teilhard de Chardin había intuido y propuesto.
Todo está evolucionando hacia el punto final: Cristo. Que también es el punto inicial. Es el trayecto hermoso y creativo de la historia: evolucionando adentro del mismo y único punto.
Somos “polvo de estrellas”: el Universo está adentro de cada uno.

Cuando contemplamos la belleza de las estrellas en una noche serena y sin luna estamos contemplando nuestra propia belleza y la belleza del Cristo que en todo se revela.
La “insondable riqueza de Cristo” nos constituye y nos supera. Esa misma riqueza que se manifiesta en las estrellas y en cada cosa.
Sientate en silencio. Abre tu corazón y confía: polvo de estrellas corre por tus venas…












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