sábado, 4 de agosto de 2018

Juan 6, 24-35



Ha nacido lo que el sociólogo francés Gilles Lipovetsky llama el «individuo-moda», de personalidad y gustos fluctuantes, sin lazos profundos, atraído por lo efímero. Un individuo sin ideales ni aspiraciones, ocupado sobre todo en disfrutar, tener cosas, estar en forma, vivir entretenido y relajarse. Un individuo más interesado en conocer el parte meteorológico del fin de semana que el sentido de su vida.

El crudo análisis de José Antonio Pagola haciendo referencia a Lipovetsky creo que no nos tomará por sorpresa. Es lo que respiramos en nuestras sociedades y especialmente lo que los medios y las redes sociales nos refriegan en las caras todos los días. 

Cada tanto me permito ojear algunas que otras noticias de “famosos” o presuntos tales que son propuestos (consciente o inconscientemente) como ejemplos y modelos para la sociedad y especialmente la juventud: obviamente todos lindos, ricos, posiblemente sexualmente desinhibidos, cargando sus selfies en las redes y si hay algo de droga o alcohol no está tan mal… 
A menudo un sentimiento de nausea me envuelve de repente y no sé si llorar por la ridiculez o lo tragedia de semejantes noticias.
Pese a todo esto – vamos al texto evangélico – el anhelo de plenitud sigue intacto en la humanidad. Este anhelo del corazón humano que insistimos en desconocer, tapar, ensuciar, ocultar detrás de infinitas escusas y banalidades.

La gente busca a Jesús porque comió. Un primer dato interesante: las necesidades básicas del ser humano hay que escucharlas y cubrirlas. En un mundo donde hay pan y espacio para todos sigue el escandalo del hambre y la pobreza.
Jesús está atento a estas necesidades básicas y las acompaña, pero también invita a dar otro paso.
El hombre no vive solamente de pan. Jesús invita a descubrirse, a tocar la raíz de nuestro propio ser, a experimentarnos en lo esencial.
Descubrir quienes somos es la clave, clave del cristianismo y de todo camino religioso y espiritual.
La gente, sacia de pan pero no de amor, pregunta: ¿De donde arranca el camino?
¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?” (Jn 6, 28).

Como siempre: desde la confianza.
Jesús les respondió: “La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado”.
La gente pregunta por “las obras”, acostumbrada al legalismo y al cumplimiento de numerosas leyes y Jesús contesta al singular: “la obra”. La “obra” – en otras traducciones “el trabajo” – es una sola: confiar. Porque la clave de la fe evangelica no es “creer en Jesús”, sino “creer como Jesús”, es decir, confiar.
Jesús vivió de la confianza y a partir de la confianza. Por eso es el modelo y el espejo de nuestra fe y de nuestro confiar.
El simbolo del pan, caracteristico de Juan, no se refiere solo a la Eucaristia, sino también y prioritariamente a la enseñanza de Jesús. Enseñanza que nos conduce a descubrirnos como plenitud, como frágil barro, amado y amante.
Por eso la gente, al final de nuestro texto, pide de este pan, para saciar su ahnelo y su sed de infinito: “Señor, danos siempre de ese pan” (Juan 6, 34).

Señor, danos siempre de ese pan: es el grito que sale de cada corazón humano, que sea consciente o menos. Es el grito de un Amor eterno y verdadero. Es el deseo más profundo que mueve el Universo y cada cosa.
Son las palabras de Dante al final de la Divina Comedia (Paradiso XXXIII, 145):
A l’alta fantasia qui mancò possa;
ma già volgeva il mio disio e ‘l velle,
sì come rota ch’igualmente è mossa,
l’amor che move il sole e l’altre stelle
(Aquí faltó la fuerza a mi elevada fantasía, pero ya eran movidos mi deseo y mi voluntad, como rueda cuyas partes giran todas igualmente, por el Amor que mueve el Sol y las demás estrellas).

Jesús responde a este anhelo: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”(Juan 6, 35).
Reducir este maravilloso y revolucionario versiculo al acto de comulgar sería profundamente limitante e injusto. Esencialmente por dos motivos, uno teologico y el otro existencial.
Del punto de vista teologico excluiría de la experiencia de la plenitud a la gran mayoría de los seres humanos, que ni comulgan ni tiene interés en comulgar y que, de igual manera, son revelación y manifestación del Misterio divino. Y hay muchisima gente que, sin comulgar, vive desde el Amor y para el Amor. Y eso, es evangelio.

Del punto de vista existencial una simple y triste constatación: la impresión de que mucha gente de comunión cotidiana o semanal vive alejada de una experiencia real de plenitud. Se lo puede sospechar por los rostros amargados, por las continuas quejas y juicios, por el poco interés por los demás.
Si el sencillo gesto de comulgar alcanzaría para apagar el ardiente anhelo de plenitud tendríamos los templos rebosantes de gente.
No es así, lo sabemos y hay que ser honestos.

La experiencia de plenitud – de la cual la comunión eucaristica puede ser un signo y un momento culmen – pasa esencialmene por el reconocimeinto de nuestro autetico ser, del cual el Maestro de Nazaret es un espejo transparente.
Lo que Jesús es, lo somos todos. Jesús nos descubre y revela nuestra identidad de hijos, nuestra identidad serena y quieta.
Nos conecta con nuestra propia raíz y con la raíz de cada cosa.
Raíz que definimos con una hermosa y abusada palabra: Amor.
Conectarse a nuestra propia raíz a partir del silencio puede devolver espesor y verdad a esta palabra, para que se convierta en el centro de nuestra existencia: vida como amor y amor como vida.
Así de simple es el evangelio. Así de profundo y revolucionario.





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