Nuestro texto se abre diciéndonos que Jesús, en shabat, fue a comer a casa de un importante fariseo. Parece que a Jesús le gustaba mucho ir a comer con la gente. Creo que debamos valorar más este hecho: comer juntos es un acto profundamente humano, que va más allá del “simple comer”. Es un acto de comunión, de amistad, de celebración. Comer juntos nos abre a conversaciones profundas, a sanaciones, a reconciliaciones. Deberíamos regalarnos más oportunidades para comer juntos, para invitarnos recíprocamente. El comer está siempre, siempre conectado a nuestra emotividad y a nuestra afectividad. Aprendemos a comer desde el vínculo de apego con nuestra madre y por eso, el comer, siempre tiene un imprescindible marco afectivo.
Lucas nos presenta esta curiosa e importante anotación: “Ellos lo observaban atentamente.”
Nuestro texto recorta los versículos siguientes, donde se entiende porque los fariseos “lo observaban atentamente”: ¿Curaría en shabat, el rabino Jesús?
Entendemos entonces que este observar no es puro, no es libre, sino está condicionado y prejuicioso.
¿Cómo es nuestra observación?
¿Cómo es nuestra intención?
La belleza e importancia del comer juntos, pueden ser estropeadas, por una observación y una intención, impuras o condicionadas.
Jesús – y acá reside gran parte de su grandeza y de su poder de atracción – no se deja intimidar por estas miradas prejuiciosas e impuras. Jesús sigue su camino de autenticidad y fidelidad, de libertad y transparencia. Dice lo que tiene que decir y hace lo que tiene que hacer.
Jesús también observa y se da cuenta que todos buscan los primeros lugares en la casa del fariseo. Esto, obviamente sigue sucediendo y es tragicómico. En eventos o reuniones importantes hay lugares reservados, mesas reservadas, zonas vip… más allá de que, a veces, pueda ser necesario, no deja de rechinarme y de parecerme poco evangélico…
Jesús, desde su observación, cuenta una parábola.
“Ve a colocarte en el último sitio” (14, 10). Se conoce como la parábola del último sitio o de la humildad.
Como siempre, debemos cuidarnos de la superficialidad. El mensaje es mucho más profundo de lo que parece… y el ego es mucho más astuto de lo que, también, parece.
Colocarse en el último lugar, podría ser una excelente estrategia del ego. La gente que nos vería, pensaría: “¡que humilde, que sencillo!”.
Por eso es fundamental entender lo que es la humildad. Me parece muy sugerente lo que nos dice, Willigis Jäger:
“La palabra latina es humilitas. Igual que la palabra humanitas tiene su raíz en el término humus, es decir, tierra, suciedad, estiércol. También humor procede de la misma raíz. Esto indica que en el mundo deberíamos aceptarnos a nosotros mismos con cierta alegría interior y con una sonrisa en los labios. Deberíamos no tomarnos demasiado en serio, conservar nuestro humor y entregarnos con humildad al camino. Pues humildad no es otra cosa que una aceptación amplia de uno mismo, lo cual no quiere decir que yo esté de acuerdo con todas mis debilidades y errores, pero sí que acepto haberlos heredado de la vida. No me obstino en sacudirme esa herencia o en reprimirla, puesto que esto significaría persistir en el egocentrismo.”
Por otro lado, no podemos desligar la humildad de la verdad.
Los místicos lo saben y lo saben, porque lo experimentaron.
Teresa de Ávila nos dice: “Humildad es andar en verdad”.
Un maestro espiritual escribió: “La humildad no es más que el conocimiento verdadero de ti mismo y de tus limitaciones. Aquellos que se ven como realmente son en verdad sólo pueden ser humildes. La humildad consiste en ser uno mismo, en ser auténtico con la gente y en desechar las falsas máscaras”.
Humildad y verdad, son las dos caras de la misma moneda. Cuando reconocemos nuestra verdad y estamos en nuestra verdad, somos también humildes. Cuando somos humildes, cuando el ego está en su sitio, reconocemos nuestra verdad.
Por eso me parece oportuno cerrar con las palabras de la filosofa española, Mónica Cavallé: “El compromiso con el autoconocimiento es el fundamento de la vida espiritual.”
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