domingo, 21 de febrero de 2016

Lucas 9, 28b-36




En el camino hacia la Pascua la iglesia nos presenta el evangelio de la transfiguración. Parece repetir la misma y sabia pedagogía de Lucas y tal vez del mismo Jesús: caminando hacia la pasión y muerte una pausa contemplando la luz nos alienta y nos fortalece.

La transfiguración tuvo siempre un rol importante en la tradición cristiana y por eso tiene su propia fiesta el 6 de agosto. Se celebra con especial solemnidad en las iglesias ortodoxas.

La fiesta de la transfiguración es la fiesta de la luz, fiesta de la visión, fiesta de la identidad.

Lucas intenta comunicarnos una experiencia espiritual particularmente intensa que Jesús vivió con sus discípulos más íntimos. 

Toda la simbologia utilizada por Lucas (vestiduras blancas, Moisés y Elías, voz del cielo) apunta a una viva y nueva comprensión de la identidad de Jesús. Identidad de Jesús que refleja y expresa también la nuestra. 
Jesús nos revela quienes somos. En Jesús nos reflejamos. Hijos en el Hijo. Luz en la Luz. Eso somos. Viendo a Jesús nos vemos a nosotros. Eso nos dice la transfiguración. 

La realidad más profunda es que somos seres transfigurados, porque somos expresión y manifestación de la vida divina. A menudo no tenemos una clara y diáfana percepción de todo esto y por eso entramos en confusión y nos perdemos en el mundo. Nos alienamos de nosotros mismos. 

Claramente esa manifestación transfigurada de la divinidad se expresa históricamente y eso significa que está condicionada y limitada. Pero no es menos real... más aún, hablando en sentido estricto, es lo único real.
El infinito que se expresa en lo finito. La luz que se expresa en las cosas iluminadas.

¿Cómo crecer entonces en esta visión, en esta percepción y luminosidad?
Seguimos las indicaciones del mismo Jesús que Lucas nos relata en este pasaje y en otros también: "Jesús subió a la  la montaña para orar." Montaña y oración indican esencialmente dos cosas: silencio y soledad.

La luz y la comprensión se nos regalan desde el silencio y la soledad. Son regalos a quien se adentra con valentía en las regiones muchas veces oscuras de la interioridad, donde nuestros miedos esperan la redención. 

¡Justamente este es el camino de la cuaresma! 
La luz te espera al final del túnel. Simplemente porque nunca te abandonó. Simplemente porque es lo que tu eres. 





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