jueves, 28 de julio de 2016

El resplandor de la dicha



Cuando se ha visto una sola vez el resplandor de la dicha en el rostro de un ser querido, uno sabe que para el hombre no puede haber otra vocación que la de suscitar esa luz en los rostros que le rodean

                                                                                                                                           Albert Camus


Albert Camus (1913-1960) es un novelista, dramaturgo y ensayista francés. Un gran escritor sin duda. Muchas de sus obras fueron llevadas al teatro. Se le asocia al existencialismo ateo al igual que a otro gran escritor francés ateo: Jean Paul Sartre. Aunque Camus rechazó que se le asociara al existencialismo, sus obras y su pensamiento reflejan la tragedia de la vida humana, del sufrimiento, de la ausencia de Dios.

Pues bien, la sensibilidad humana de Camus es excepcional, como podemos ver de la cita de hoy. Me parece sumamente interesante que de una persona sin una experiencia de fe explicita pueda salir una luz tan bella. Sin duda, ya lo afirmé en este blog, el ateísmo no existe. Mejor dicho, puede existir como afirmación mental, pero lo real está impregnado de Dios. Simplemente y maravillosamente porque lo real es la vida y la vida es Dios: que se defina con esta palabra o con otras poco importa.

Nuestra experiencia humana es la misma experiencia de Dios. Dios que se vive humanamente. Y por eso nuestra experiencia humana es también divina.
Como dice Willigis Jäger: “No es nuestra vida la que vivimos, es la vida de Dios”. No deja de asombrarme tanta belleza y tanta creatividad.

Ver el “resplandor de la dicha” en un rostro es ver a Dios sin duda y vivir para engendrar ese resplandor es vivir como cristianos, vivir desde el Amor.
Me gusta mucho eso del “resplandor”. Tiene que ver con la luz, sin ser luz. El resplandor indica la luz, la presiente, la intuye, nos conduce a ella.
“El resplandor de la dicha” lo podemos ver por todos lados. Diría especialmente en la naturaleza y en los rostros humanos. Si nos detenemos y silenciamos nuestra mente frente a una sencilla flor, un pájaro, un árbol, podemos percibir este resplandor: la flor es dichosa y su dicha viene de disfrutar lo que es, sin miedo, sin apegos. Simplemente es.

En los rostros humanos ese “resplandor de la dicha” puede ser maravilloso también. Puede enamorarnos y extasiarnos, puede servir de inspiración para la poesía, la música, la pintura. Muy a menudo ese resplandor en el rostro humano queda oculto, detrás del entrevero del pensamiento y los sentimientos. Al ser humano le cuesta “simplemente ser”: quiere ser lo que no es o ser “esto” y no “aquello”. Así perdemos la simple pureza del ser.
Me resuena el poema de Jorge Guillen: “Ser, nada más. Y basta. Es la absoluta dicha.

El resplandor lo podemos ver y generar en el otro cuando simplemente somos. Cuando disfrutamos ser, así como el ser se manifiesta en el momento presente.
El amor, el amor simple que surge del ser, muchas veces logra despertar ese resplandor. Vivamos pues desde el amor: en efecto no hay vocación más divina que suscitar ese resplandor en otro rostro humano.

Gracias Albert que nos recordaste hoy que estamos hechos del “resplandor de la dicha” y que estamos llamados a despertarlo en el otro, cualquier otro.

Ser, aquí y ahora: resplandor de la dicha.





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