sábado, 16 de julio de 2016

Niza y el supermercado



Niza, Francia: otro atentado. Otro dolor. Dolor inesperado, inocente. Útil e inútil a la vez. Útil si la humanidad logra comprender y crecer. Inútil si otra vez nos quedamos con lo de siempre y con lecturas a mi gusto superficiales de lo que ocurrió y ocurre.

Las declaraciones políticas y los títulos de la prensa, más allá de ser un mal necesario, me dejan siempre muy perplejo. No se logra cambiar de mirada, no se logra ver y tocar la raíz de las cosas.

Siempre en el fondo se repite y reafirma el mismo estribillo: nosotros somos los buenos que sufrimos los ataques de los malos. Y se lanzan proclamas patrióticos de unidad, de valor, de libertad, de lucha. Y se hacen reivindicaciones lógicas: demasiados lógicas. Pero la lógica no sana, no cura, no ayuda mucho en estos casos. Necesitamos algo más que la lógica porque  somos más que seres lógicos. Somos más que seres racionales. Decía con fuerza un conocido psiquiatra escocés que el ser humano que descubrió su racionalidad en estos últimos dos siglos fue también la causa de las dos últimas guerras mundiales y otras tantas con la matanza de millones de seres humanos: ¡lo absurdo de lo racional!

¿Todavía no nos dimos cuenta que no es este el camino? Desde Jesús, en general, seguimos actuando así a pesar de que los resultados no son muy alentadores.
Un simple hecho ya nos puede iluminar: esta postura es completamente reversible. Desde la perspectiva de los llamados “terroristas” o los asesinos de turno,  los malos somos nosotros y los buenos ellos, que defienden sus justas causas.

La raíz es más honda: hay que superar la simplista separación de buenos y malos, del bien y el mal. Bien y mal conviven en todo corazón humano y en toda sociedad. El no reconocer el mal que alberga en nuestro propio corazón nos lleva a proyectarlo afuera y a ver demonios por todos lados. Y esto vale para todos: “nosotros” y los “terroristas”, los de un bando y los del otro bando.
Hasta que no logramos ver que no hay bandos la humanidad seguirá sufriendo dolor inocente: útil e inútil.

El odio reciproco fue generado por actitudes equivocadas de ambos bandos. Los llamados “terroristas” son hijos de nuestro propio odio, de nuestra falta de aceptación de nuestro propio mal. Lo que la humanidad está viviendo en estas horas tristes es fruto de una falta de comprensión y una falta de aceptación de si mismo en todos los niveles: individual, colectivo, social y político.
No existe la sociedad históricamente perfecta, como no existe el ser humano perfecto. Si con perfección entendemos ausencia de negatividad. Existe el ser humano real y la sociedad real: hecha de luz y sombra. Esto es perfecto: lo real. Hasta que no aceptamos nuestra propia sombra y no aprendemos a amarla la proyectaremos afuera, generando lucha y odio.

¿Y el supermercado?

En mis idas a la capital voy de compras en algún supermercado: no solo para poder encontrar todo lo que necesito en el mismo lugar. Caminar por las góndolas me descansa y hago un ejercicio de atención: miro a la gente. Leo sus rostros, comparto su dolor, las risas y travesuras de los niños, el amor de las parejas, la soledad de los ancianos. Ayer me pareció que todos los rostros eran conocidos. Una sensación abrumadora y de paz a la vez. En realidad, usando mi cerebro, me di cuenta que no conocía a nadie. Pero con el corazón todos eran conocidos. 

Desde el silencio y la atención nos damos cuenta que todos somos lo mismo, que compartimos la misma identidad. Desde la mente nos percibimos distintos, cada cual con su historia. Las dos realidades van juntas.
Tal vez la humanidad necesita en este tiempo más de lo primero. 

Hay signos profundos que indican el emerger de esta nueva conciencia, el aparecer de esta mirada nueva. Tal vez todo este dolor sea necesario para comprender.
No hay separación entre bien y mal, entre buenos y malos. Hay solo amor, reconocido o no reconocido. Amor que espera ser reconocido para manifestarse.


Necesitamos reconciliarnos con el terrorista que vive en nosotros y en nuestra sociedad para reconocer que el “otro”, cualquier “otro”, es nuestro hermano, es sangre de nuestra sangre. Sangre divina y sangre humana. Es el conocido del supermercado.
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