domingo, 24 de julio de 2016

Lucas 11, 1-13



El evangelio de hoy nos presenta el tema de la oración. El evangelista Lucas es muy sensible a esta tema; a menudo lo sugiere en su evangelio y nos presenta a un Jesús orante.

La oración: sin duda un aspecto fundamental en el ser humano y en todas las religiones. Desde siempre el ser humano reza, de una u otra forma. También lo que se profesan “ateos” viven de alguna manera formas de oración.

Porque “orar” – como afirma muy ajustadamente el teólogo español Juan María Castillo – es “expresar un deseo”. ¿Y quién no tiene deseos?

Esencialmente el ser humano es “deseo de infinito” hecho carne e historia. Dicho de otra manera: es anhelo de infinito, de inmortalidad, de vida eterna y plena; el anhelo de un amor infinito nace con cada ser humano y nos acompaña siempre.
Decía el filosofo francés Gabriel Marcel: "Amar a una persona es decirle: tú no morirás".

Tan importante entonces es el deseo, tan importante es la oración. Porque nos mueve de nuestras comodidades, de la conformidad, de una vida superficial y, a veces, sin sentido.
Orar entonces es mucho más que “pedir”. Una visión muy exterior de Dios desvirtuó tanto la oración que casi la identificamos pura y llanamente con pedir.
Decime en que Dios crees y te diré como rezas”, recita un conocido refrán. En otras palabras: según la experiencia de Dios que uno tiene así será su oración.

Comprendida desde un nivel más profundo, desde una experiencia de Dios como unidad y raíz de todo lo existente, la oración se transforma en algo fresco, vital, nuevo, transformador. Comprendemos que orar es esencialmente agradecer, contemplar, dejarse amar, hundirse en el silencio eterno.
¡Qué hermosa entonces es la oración!

Hacemos un pasito más. Fundamental pasito.

Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá…” (Lc 11, 9-10).

¿Cómo comprender estas otras enseñanzas de Jesús sobre la oración?
Por mucho tiempo no lograba comprenderlas cabalmente: ¿no estamos siempre necesitando algo? ¿No nos falta siempre algo?
Desde un tiempo, esencialmente desde que comencé a meditar con fidelidad, se me hizo la luz. Hermosa luz.
Jesús apunta a la autentica realidad, a nuestra más profunda identidad. Siempre Jesús nos invita – así también Buda y los auténticos maestros espirituales – a descubrir nuestra raíz, lo eterno en nosotros, lo que somos. Nos invita a salir de la ignorancia, de la confusión. Nos invita a trascender la estrechez mental y el ego, en definitiva.

El ser humano no es un manojo de deseos y necesidades. Deseos y necesidades hacen parte de nuestro ser más superficial y son herramientas que Dios nos puso en el corazón para que descubriésemos nuestro auténtico ser. Por eso el deseo bien vivido es clave. Por eso el deseo es oración, porque nos empuja a bajar a la raíz, a trascender lo superficial y la apariencia. Llegados, mejor dicho, descubierto nuestro autentico ser hasta el deseo y los deseos dejan de tener importancia. El budismo siempre lo ha enseñado: la paz y la felicidad surgen límpidas y plenas en ausencia de deseo. 

Desde occidente hemos muchas veces mal interpretado todo eso suponiendo que significaba un amputación de algo muy humano. Nada de eso: la supresión del deseo en el budismo nace justamente por sobreabundancia, no por falta. Si descubro la plenitud, ¿qué más hay que desear? El evangelio lo dice con las hermosas parabolitas del tesoro escondido y la perla fina: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.” (Mt 13, 44-46).
Descubierto el tesoro o la perla, ¿queda algún deseo?

Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá…” expresa que en el fondo ya somos lo que anhelamos y, por ende, ya lo tenemos todo.

En las lúcidas palabras de Enrique Martínez: “Somos ya lo que nuestro corazón anhela. No hay ninguna distancia entre lo que somos y lo que anhelamos, excepto la ignorancia que nos impide verlo. Y desde esa identidad profunda, la “intercesión” funciona: somos una gran Red, y todo repercute en todo. Por eso, la “oración” siempre llega a las personas por quienes oramos.

Así podemos también comprender esta palabras de Jesús en el evangelio de Marcos (11, 22-24):

Tengan fe en Dios. Porque yo les aseguro que si alguien dice a esta montaña: “Retírate de ahí y arrójate al mar”, sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice, lo conseguirá. Por eso les digo: Cuando pidan algo en la oración, crean que ya lo tienen y lo conseguirán.

Ya lo tenemos todo, porque en el fondo lo somos todo. Claro: en una experiencia humana limitada. Dios se vive en nosotros, Dios quiere vivirse y experimentarse como persona humana. Lo ilimitado se manifiesta en lo limitado y lo eterno en lo temporal.
Depende desde donde me vivo. Si me vivo desde lo que soy viviré en una constante sensación de plenitud y los deseos y necesidades los asumiré desde la paz. Si me vivo desde los deseos y necesidades – el ego en el fondo – viviré siempre con cierta insatisfacción y angustia.





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