jueves, 14 de diciembre de 2017

Tan efímera la vida, y tan bella.



Tan efímera la vida, y tan bella”: hace unos cuantos días que me persigue amorosamente y poderosamente este pensamiento. Más que pensamiento: esta vivencia.
Tan efímera la vida, y tan bella.

Un acontecimiento de estas últimas horas me impulsó a escribir esta reflexión y compartirla con ustedes: amigos y hermanos, amigas y hermanas.

Desde unos cuantos días me había dado cuenta que una hermosa parejita de pajaritos – no sabría decirles el nombre – había hecho su nido en el viejo nicho donde se encontraba el medidor de la luz. Había quedado un pequeño espacio abierto, suficiente para que la parejita pudiera hacer del nicho abandonado su digna morada. Pocos días atrás pasando delante del nicho convertido en nido oí con sorpresa un delicado trinar: ¡había pichones! Si… apoyando el oído a la entrada del nido se oían claramente las voces de los pequeños clamando por sus padres y por comida, imagino.
Pasando por el nido – queda justo en una pasada que recorremos varias veces al día – mamá o papá pájaro salían rápidos y asustados, dejando con secreta confianza el nido sin custodia. Unas que otras veces me acerqué intentando mirar a los pichoncitos… apenita pude entrever unas plumitas, tan al fondo del nido estaban, tan bien escondidos a miradas extrañas, tan bien custodiadas estaban las tiernas vidas.
Ayer la amarga sorpresa: el nido en el suelo, un pichón muerto cerca de su ex-casita, restos de otros desparramados, tal vez obra de algún gato hambriento y atento.
Es muy probable que el escaso sentido de diversión de alguien haya acabado con el nido y las vidas nacientes. O, tal vez, una escasa atención al otro, un escaso a amor a la naturaleza. O simple inconsciencia.
¡Cuantas horas para construir el nido! ¡Cuantas horas cuidando a los huevitos! ¡Cuánto amor derramado a los pichoncitos!
Todo esfumado en unos dolorosos segundos.
Tal vez poco importe la causa: ¡tan efímera la vida, y tan bella! Queda esta profunda verdad.
Después del triste descubrimiento me iba apesadumbrado rumbo a la capilla cuando pasé delante de un rosal que plantamos el año pasado y un lindo pimpollo rojo estaba abriendo: ¡tan efímera la vida, y tan bella!
En el espacio de unos minutos pude vivir la profunda verdad de esta ley universal: ¡tan efímera la vida, y tan bella!
Me sonrió la rosa naciente, sin duda consciente de la muerte de los pichones y de mi tristeza. Devolví la sonrisa a la amiga rosa: sin duda en su florecer viven los pichones y el dolor de sus padres.
Me acordé de la sentencia del maestro zen Shunryu Suzuki: “Cuando entendemos la verdad de la impermanencia y hallamos nuestra serenidad dentro de ella, nos encontramos en el nirvana”.
Dicho de otra manera: ¡tan efímera la vida, y tan bella!
Cuando disfrutamos de la belleza infinita de la vida, dejándola ser con todas sus facetas y matices, nos encontramos en Dios. Dejamos que Dios nos viva y se experimente a sí mismo a través de nosotros.
Sin duda es, para mi, la experiencia más profunda y autentica de la divinidad.
Me siento Uno con el Universo, me percibo Uno con todo lo que vive, Uno con esta Vida tan bella y frágil. Todo cambia, todo pasa, todo se transforma, todo muere: pero siempre “adentro” de la divinidad, “adentro” del único Amor.
Las experiencias de esta tremenda y esencial verdad son numerosas, todos los días.

Disfrutamos de una rica comida… hay que lavar los platos.
Disfrutamos de una hermosa fiesta familiar… se termina, todos se van, se vuelve a trabajar. Y los excesos se pagan con resaca…
Disfrutamos de la pareja, de las lindas amistades… de alguna manera se transformarán y también pasarán.
Disfrutamos de nuestras plantas y flores… morirán antes o después o algún percance nos las arrebatará.
Disfrutamos de nuestros amores… también pasarán.
Nuestra prenda favorita se gastará, nuestra mascota morirá, nuestros objetos más queridos se romperán, la flauta de mi amigo Daniel se callará, el sabor de los platos de padre José se esfumarán, los placeres del sexo también se apagarán rápido… y tal vez - la experiencia de muchos lo confirma - cuando todo parece "andar bien", según nuestros cortos criterios, un accidente, una enfermedad, una muerte improvisa.... 

La Palabra de Dios también subraya esta experiencia:

Palabras de Cohélet, hijo de David, rey en Jerusalén.
Vanidad, pura vanidad!, dice Cohélet.
¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad!
¿Qué provecho saca el hombre
de todo el esfuerzo que realiza bajo el sol?” (Ecl 1, 1-3)

La sabiduría y la verdad no son patrimonio de nadie y lo que es realmente expresión de la Silenciosa Verdad, lo encontramos en todas las tradiciones religiosas y espirituales.

Este carácter impermanente y efímero de la vida ¿tiene que ponernos tristes o angustiados?
¡Al revés! Es la fuente de la auténtica paz y de la alegría.
Paz y alegría que solo comprenderemos en el silencio. En el silencio y en la quietud aprenderemos a morar en lo permanente que se manifiesta en lo efímero.
Aprenderemos a respetar y amar la manifestación efímera de la vida.
Solo en el silencio aprenderemos a amar esta Vida tan bella que se expresa tan frágilmente.
Solo en el silencio aprenderemos a amar unos pichones de pájaros que hoy están y mañana no y a una rosa que hoy te sonríe y mañana tal vez ya no esté…
Tan efímera la vida, y tan bella.


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