viernes, 19 de agosto de 2016

¿Duele el amor?



Dice Brenda Shoshanna que “contrariamente a lo que comúnmente se cree el verdadero amor nunca nos hace daño ni nos produce heridas”.

La creencia de que el amor tiene que doler o que “amar es sufrir” está muy arraigada, especialmente en nuestra cultura occidental. Todo esto viene del encuentro de cierta antropología occidental con la tradición cristiana y, especialmente, con una visión parcial y muchas veces distorsionada del Misterio de la cruz de Cristo.

Permítanme antes una pequeña e importante aclaración. ¿Qué es una “creencia”? En nuestro blog lo hemos tratado de vez en cuando. Es importante comprenderlo para poder salir de la esclavitud que la creencia supone y comenzar un camino de profunda libertad.
Esencialmente una creencia es una afirmación racional a la cual damos estatus de verdad absoluta y que se vuelve tradición y cultura. Una creencia se asume, no se cuestiona.
Es muy común que vivimos de creencias sin ni siquiera darnos cuenta. A veces estas creencias se convierten en patologías como, por ejemplo, cuando una mujer aguanta todo tipo de humillación de parte de su pareja, creyendo que eso es amor…

Una de las creencias más arraigadas en nuestra cultura es justamente la de creer que en el amor algo tiene que doler. Que si amo tengo que sufrir.  
Intentamos cuestionar esta creencia y poner algo de luz en un tema tan importante y profundo.

Una experiencia auténtica de amor, lo sabemos bien, es una experiencia de plenitud y paz. Cuando nos sentimos amados todo está perfectamente bien, nos sentimos completos. “Cuando estamos enamorados nunca nos preguntamos que sentido tiene la vida”, nos recuerda Osho. ¡Fantástico! El amor nos llena a tal punto que se acaban hasta las preguntas fundamentales del ser humano.

¿Puede una experiencia así producir heridas o dañarnos? Obviamente que no. Hablando en sentido estricto de nuestra dimensión psicológica y emocional, lo que nos produce heridas y nos daña no es el amor, sino una vivencia parcial del amor, una vivencia que en su búsqueda se encuentra mezclada a nuestro egoísmos y nuestros apegos afectivos.
Cuando sufrimos “por amor” – por no sentirnos amados o no poder amar – tendríamos que cuestionarnos: ¿es verdadero amor? A grandes rasgos el amor auténtico tiene unas características: libre, universal y particular, concreto, íntimo.

Cuando en el amor se generan heridas (a uno mismo o a otros) no tendríamos que hablar de verdadero amor. El verdadero amor siempre llena la vida, ilumina, plenifica.

¿Y la compasión? La compasión es tal vez el rasgo más autentico de un verdadero amor. Es tan central que la podemos identificar como el eje de todas las religiones y tradiciones religiosas.
Cuánto siento compasión hacia mi mismo o hacia otro que está sufriendo,  ¿acaso no duele?
Obvio que si. Pero el dolor que nace de la compasión es justamente lo opuesto del falso amor que genera heridas: es un dolor que cura las heridas, que sana, que nos pone de nuevo en el centro de nuestro ser. Podemos hablar de un dolor sano y purificador. Como un poquito de alcohol sobre un herida abierta.

La compasión nos conduce a la raíz de nuestro Ser. Hacemos un pasito más.

En realidad lo único que existe es el Amor. Si queremos usar otras palabras podemos hablar de Dios, la Vida, la Conciencia, lo Uno. Lo hemos visto repetidas veces en muchas de nuestras reflexiones.
Desde este punto que toca lo esencial – la dimensión última de lo real – podemos decir que el Amor abarca en un mismo abrazo gozo y dolor. Como todos los opuestos: vida y muerte, luz y tiniebla, paz y guerra, etcétera.
En esta dimensión que toca lo real de lo real podemos decir que también el dolor hace parte del Amor. Pero justamente: hace parte. Es el Amor que se manifiesta como dolor. Tal vez lo entendamos mejor hablando de vida y muerte. Si lo único existente es la Vida, es la Vida misma que en nuestra dimensión histórica se manifiesta como vida y muerte: la misma y única Vida. Así que cuando vivimos la experiencia humana del morir en realidad estamos muriendo adentro de la Vida misma. Es la Vida que muere. Es la Vida que vive la experiencia del morir. Pero, obvio, la Vida no puede morir. Todo esto nuestra mente que funciona por dualismos no lo logra entender cabalmente. Solo el silencio puede vislumbrarlo.

Lo mismo entonces podemos decir del Amor. Es el Amor que sufre, que se manifiesta como dolor. Pero, si es el Amor que sufre, ¿qué problema hay?
Este dolor no afecta, no puede afectar, nuestra dimensión psicológica y emotiva. Desde acá se explica la paz y la alegría de tantos mártires y de tanta gente que vive grandes dolores.
Cuando nuestra dimensión afectiva y emotiva queda herida o dañada estamos viviendo un amor superficial o todavía en búsqueda. Es importante saberlo. No para culparnos ni deprimirnos. Para crecer. Porque solo la verdad nos hará libres. Y la verdad no es una creencia. Es la Vida. Pura Vida. Aquí y ahora. Solo Amor.




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