domingo, 21 de agosto de 2016

Lucas 13, 22-30



Este texto es, tal vez, uno de los más duros del evangelio. Un texto fuerte, claro, tajante. Muy probablemente las referencias al tema del juicio no serían del propio Jesús, sino de las comunidades. 

Comunidades cristianas de los orígenes que estaban formando su identidad y se iban separando de la sinagoga. En los procesos humanos de formación de la identidad – personales, grupales, sociales – la primera etapa es siempre la diferenciación. El camino espiritual después nos llevará a una comprensión y vivencia más honda de la identidad que es la identidad compartida: somos uno. El camino es: de lo Uno a lo multiplicidad (las diferencias) y de la multiplicidad a lo Uno. El regreso a Casa.
Somos el Amor expresándose en formas distintas. Identidad compartida que no anula las diferencias, sino que las asume y trasciende.

La pregunta anónima: “Señor, serán pocos los que se salvan?” es la pregunta del yo religioso, siempre preocupado de su salvación. Es la pregunta que surge de la sensación de vacío y de la necesidad de plenitud típica del ser humano. En el fondo es la pregunta que nace del desconocimiento de nuestra verdadera identidad y de la sensación de separación. Cuando nos descubrimos plenos y amados – ya salvados – la pregunta cae por si sola.

Jesús nos invita a este descubrimiento maravilloso con su tajante invitación: “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán”.
Por la puerta estrecha entra solo lo esencial, lo que somos. La clave es soltar – dejar ir – lo que no somos… la vida se encarga. El Amor se encarga. Esta es la aventura espiritual por excelencia. Simplemente hay que soltar: recibir lo que viene y dejar ir lo que se va. Sin apegos, sin resistencias. Aprender a soltar en vida nos facilitará el pasaje por la puerta más estrecha: la muerte. Ahí, gracias a Dios, todo lo que no es esencial quedará afuera, se disolverá.

La puerta estrecha no quiere expresar una exigencia moral – como a menudo nos repitieron – invitándonos a renuncias estériles o voluntarismos agotadores que muchas veces van a servicio de nuestro ego, en lugar de descentrarlo.

La puerta estrecha revela algo más profundo, real, bello. Nos revela que todo en la vida es bueno, todo es un don y podemos disfrutar de todo, siempre y cuando nos ayuda a descubrir y vivir lo esencial. Todo es un don cuando lo vivimos en actitud abierta, con las manos abiertas para recibir y dar, sin retener. Esto vale por lo material, como para los afectos y las personas.

Como el agujero en la flauta – que da el nombre a nuestro blog –: el agujero en la flauta no es nada, puro vacío, pura apertura, puerta estrecha. Vacío por el cual pasa el aliento del Cristo: melodía divina. Música que nos enamora y da vida.


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