sábado, 21 de enero de 2017

¿Por qué (aparentemente) no crecemos?




En estos días de descanso estoy aprovechando la mayor disponibilidad de tiempo para disfrutar de cosas que me gustan: leer, escribir, caminar, compartir. Todo condimentado obviamente de la meditación y el silencio.
En una de mis caminatas se me volvió a presentar un tema que desde hace tiempo anda dando vuelta en mi corazón: ¿Por qué (aparentemente) no crecemos?
Intento dar unas pistas de reflexión y unas claves interpretativas.
En varios encuentros personales se me plantea esta cuestión. También en mi experiencia de contacto con mucha gente ocurre varias veces lo mismo: tantas personas – incluidos sacerdotes y gente muy comprometida en la iglesia – que después de años de vivencia de la fe, oración, de participación en comunidades y de vivencia sacramental, parecen estar estancadas. No crecen. No maduran.
Los casos que más preocupan y asustan es cuando se trata de personas de cierta edad con muchos años de vivencia de la fe y que siguen siendo o – peor aún – se volvieron amargadas, criticonas, acidas, tristes.
¿Qué es lo que ocurre?
Antes que nada una aclaración: el “aparentemente” entre paréntesis de la pregunta inicial.
El crecimiento interior es muy difícil de evaluar y medir, sobre todo cuando no hay una relación íntima de acompañamiento personal. Así que aunque los signos exteriores no parecen avalar un crecimiento, es posible de igual forma que interiormente la persona esté creciendo.
Más aún: estoy convencido que siempre y de toda forma se va dando un crecimiento. Misteriosamente el corazón humano va madurando. Gracias a Dios.
Pero – y estamos en el centro de nuestra cuestión – me parece indiscutible que también se da un cierto estancamiento, la maduración no se refleja exteriormente y es demasiado lenta.
¿Por qué?
Sugiero unas pistas:
1)   Hay un malentendido general sobre lo espiritual. Por “espiritual” se entiende algo indefinido, sujeto simplemente a emociones y sentimientos, muy volátil y para nada concreto. La iglesia tiene parte de responsabilidad en todo esto. Hemos educado muchas veces a un sacramentalismo superficial y estéril: como por ejemplo que el simple hecho de comulgar aportara por sí mismo una experiencia de encuentro con Cristo. O también que repetir mecánicamente oraciones vocales indicara un contacto con la divinidad. Nada de todo esto obviamente. Lo “espiritual” es lo más concreto que pueda existir e indica el núcleo existencial de la persona y de todo lo que existe. Lo “espiritual” revela y expresa la profunda unidad del ser humano y de todo lo existente. La separación entre algo supuestamente “espiritual” y algo concreto es meramente ilusoria y viene de nuestra mente. La realidad no conoce esta separación: la realidad es una. Lo espiritual indica el núcleo originario de la realidad que está brotando instante por instante de las manos de Dios. En sentido estricto entonces no es más “espiritual” rezar que ir al baño. Las dos son actividades humanas y su “nivel de espiritualidad” depende del nivel de conciencia y de amor con los cuales las vivimos. Así que, paradójicamente, puede ser “más espiritual” ir al baño que ir a la Misa.
No crecemos porque seguimos separando y fragmentando una realidad que es esencialmente una.

2)   Desde esta visión de lo “espiritual” sigue coherentemente que no ponemos herramientas e instrumentos concretos para crecer. Si consideramos lo “espiritual” como algo aparte de la vida y volátil, lo dejamos sujeto a los sentimientos y los sentimientos de por sí son muy inestables y cambiantes. Desde ahí vivimos la esclavitud y superficialidad de los gustos: “me gusta” y “no me gusta”. “Voy a Misa cuando lo siento” es uno de los estribillos más repetidos en la historia de la humanidad creo. La fidelidad “a lo que sentimos” tiene que hundir sus raíces en lo profundo y no en la superficialidad de gustos y sentimientos. Es fundamental vivir lo que “sentimos” pero desde la profundidad del ser y no desde la comodidad y la superficialidad.
No crecemos porque no ponemos herramientas concretas para crecer: las ponemos para casi todo, menos que para cultivar el núcleo de nuestro ser. Una herramienta tiene justamente estas características: es concreta y constante. Es decir: tiempo y espacio.
Si nuestra práctica espiritual no se refleja en tiempo y espacio es una trampa que nos hacemos y una mentira. La practica de la meditación es tal vez la que más refleja todo este fundamento: cada día un tiempo concreto en un lugar concreto.

3)   Somos enormemente dependientes del pensamiento. Depender del pensamientos se refleja en: dependo de mis ideas, mis juicios, mis opiniones, mis valoraciones. Casi siempre todo esto se transforma en pre-juicios y cerrazones de todo tipo. Lo que no encaja con mi pensar y mis juicios lo rechazo. Vivir así es vivir en un nivel muy superficial de nuestro ser e impide un crecimiento espiritual serio. Depender del pensamiento es depender de una perspectiva: la tuya. Y una perspectiva extremadamente limitada: de un ser humano concreto, histórico, con su educación, religión y cultura. El Universo es algo más que tu perspectiva… Por eso el silencio es fundamental. No crecemos porque no hacemos silencio. Solo el silencio nos saca de nuestras limitadas perspectivas y de la dependencia de pensamiento. El silencio, por ser silencio, abarca todas y cada una de las perspectiva y nos conecta con el centro de nuestro ser. No se crece sin silencio y sin trascender el pensamiento.

Entonces desde estas tres pistas que nos impiden crecer vamos sacando y resumiendo lo que si, en cambio, nos puede hacer crecer:

a)    La unidad y lo integral. Volver a experimentar la unidad y experimentarse como unidad.
b)   Poner herramientas concretas para nuestro camino y crecimiento.
c)    Entregarse a espacios reales de silencio.

Desde aquí estoy convencido que podremos experimentar un real crecimiento y maduración, según los tiempos y características de cada uno. Buen camino.





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