domingo, 11 de marzo de 2018

Juan 3, 14-21




El texto de hoy es muy denso, articulado, profundo. Es una recopilación de distintos textos que el evangelista intentó armonizar: labor difícil y que está sujeta a la experiencia e interpretación del mismo autor.
Por eso es siempre muy peligroso – además que deshonesto – intentar comprender el evangelio al pie de la letra. Los evangelios son interpretaciones del evento Jesús de Nazaret: no quedarse atrapados en las interpretaciones e ir al núcleo es nuestro deber y tarea y solo la podemos cumplir desde el silencio interior, la libertad, la honestidad intelectual y la trasparencia.

Hoy Juan intenta explicar el evento central del cristianismo – muerte y resurrección de Cristo – a través de un acontecimiento central en la historia del pueblo de Israel desde el cual Jesús proviene: el hecho contado en el libro de los números (21, 4-9). El pueblo en su éxodo hacia la tierra prometida se queja con su Dios por las dificultades; Dios entonces envía serpientes venenosas que van matando a los quejosos israelitas. Moisés intercede y Dios propone el remedio: una serpiente de bronce sobre un asta. Quien la mira no morirá.
Juan interpreta y explica así el evento pascual: el Cristo glorioso elevado en le Cruz.
Si no logramos salir de la imagen quedamos atascados en una visión mítico-racionalista de la salvación.

¿En qué consiste esta visión?
En síntesis podemos decir que consiste en la creencia en un Dios externo y separado que “salva” según obedecemos o no sus leyes. De ahí toda una manera de vivir el culto para “ganarse” la salvación. Es la religión del merito. Religión del merito con todas sus “lógicas” consecuencias: centralidad del culto, de la moral, de lo institucional, de lo jerárquico y – lo más grave y doloroso – la famosa separación entre fe y vida.  
Todo esto es extraña y asombrosamente lejano del evangelio y de la experiencia del Maestro de Nazaret.

¿Qué pasó?
¿Por qué nos hemos alejado tanto de la genuinidad evangélica y del Dios de la Vida que  Jesús nos reveló y mostró?

Los factores son múltiples y de distinto peso.
Subrayo dos que me parecen particularmente importantes.

1.   La “institucionalización” de la iglesia y del cristianismo. Todos los grupos humanos cuando nacen son puros, frescos, genuinos. Con el peso del tiempo se va perdiendo la pureza y frescura original: entra el ego con las conocida y poco saludable compañía del poder, la fama, el éxito. Pasa con todas las instituciones religiosas y sociales. No hay que asustarse. Es un fenómeno humano: hay que tomar conciencia del fenómeno, volver a la autenticidad y estar atentos a no recaer en la institucionalización.

2.   El camino evolutivo de la humanidad y de la conciencia. Según los expertos la humanidad pasó o está pasando a otro nivel evolutivo, a otro paradigma, otro nivel de conciencia (otra manera de ver y comprender). El nivel mítico-racional está superado y estamos entrando en el nivel transpersonal o místico. Sin duda quedan quistes y rastros de este nivel mítico-racional, especialmente en lo religioso. El apego del ego a una imagen de Dios es muy fuerte y el más difícil de soltar. Muchos cristianos, catequistas, sacerdotes y obispos sigue empantanados en este nivel mítico-racional y por eso la propuesta cristiana está en crisis, no “muerde”, no atrapa. Sus respuestas prefabricadas dicen poco o nada a los niños y jóvenes de hoy que ya nacieron en el nuevo paradigma.

Estamos frente a un poderoso cambio de época: por eso tantos miedos e incertidumbre. ¡No tengamos miedo!: es la invitación más insistente del Maestro.
Soltamos lo viejo entonces entonces y adentremos con confianza en el mar de la incertidumbre: es el mar del amor, de la novedad, de la creatividad.

A partir de eso se nos presenta la pregunta:

¿Cómo comprender la “salvación” y el misterio pascual a la luz de la conciencia mística?

La luz que buscamos – podemos llamarla “salvación” o “plenitud” – no está separada de nosotros. Es lo que somos. “Salvarse” es caer en la cuenta que siempre hubo salvación, que todo está ya perdonado. Que la Vida es Una y siempre fue eterna. Que vivimos adentro de Misterio Pascual de Cristo. La muerte y resurrección de Cristo están aconteciendo y me están aconteciendo. Todo esto no quita nada al acontecimiento histórico: le da más bien espesor y su justo valor.

No existe separación, no existen “Dios y mundo”, “Dios y hombre”.
Existe lo Uno: llamémoslo Vida, llamémoslo Amor, llamémoslo Realidad. Este Uno que es nuestra Casa, este Uno que es el Ser que se está expresando, revelando, regalando en infinitas formas.
Tu eres una de esa: única, maravillosa, original, eterna.
Abre los ojos y date cuenta: esa es la salvación.
Podemos releer atentamente nuestro texto – Juan 3, 14-21 – desde esta luz: todo vuelve a brillar, todo toma sentido, todo se vuelve actual.



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