domingo, 25 de marzo de 2018

Marcos 15, 1-39




Domingo de Ramos: Jesús entra en Jerusalén y nosotros entramos en la Semana Santa. El tiempo de cuaresma que se termina tendría que habernos preparado para vivir estos días con intensidad: si así no fuera siempre estamos a tiempo. Basta un “si” total y entregado en este momento.

La Semana Santa puede ser un tiempo especial de renovación y de encuentro con el Cristo Viviente, con el Dios de la Vida y la Vida que es Dios.
Una hermosa invitación para entrar en esta semana y vivirla en plenitud nos viene del evangelio que escucharemos hoy en las celebraciones.
Como siempre la iglesia en este domingo nos hace leer todo el relato de la Pasión de Jesús: este año en la versión de Marcos.

Subrayo dos pistas para nuestra reflexión:

1)   El proceso y la condena del Maestro.
El proceso y la condena de Jesús son una farsa. Es toda una maquinaria inventada para sacar del medio a alguien incomodo, alguien que vive en la Verdad y la dice.
En la raíz del proceso de Jesús hay envidia, hipocresía, deseo de poder, fanatismo religioso y político.
Realidades muy conocidas por nuestro mundo y – muchas veces – por nuestra justicia. En el proceso y la condena de Jesús podemos ver todas las injusticias que se siguen haciendo en nuestras sociedades. Atrás de cada injusticia y opresión podemos fácilmente reconocer el ego humano con todos sus miedos y sus deseos.
No habrá verdadera justicia sin trascender el ego. Como dice John Price: “Hasta que no trasciendes el ego, no podrás sino contribuir a la locura del mundo.
Nuestra urgente tarea es entonces trascender el ego: eso depende de mi, depende de nosotros.

¿Cómo aportar desde nuestra pequeñez y pobreza a un mundo más justo y fraterno?

El camino más directo y seguro es trascender el ego. Como hizo Jesús y como nos invitó a hacer, con sus palabras y gestos.

¿Qué significa trascender el ego? ¿Cómo hacerlo?

No es cuestión de voluntad ni de esfuerzo. Con la voluntad y el esfuerzo, aunque estén orientados al amor, será siempre el ego a actuar y – echado por la puerta – entrará por la ventana: “yo lo hice”, “yo crecí”, “yo mejoré”, “yo sé”… con lo que sigue, obviamente: “el otro no lo hace como yo”, “el otro no crece”, “el otro no quiere mejorar”, “el otro no sabe”.

Trascender el ego es cuestión de visión, de nivel de conciencia. Es el aprendizaje momento a momento de vernos y ver la realidad desde más allá de la mente: observando – tomando conciencia – de los pensamientos y las emociones nos situamos instantáneamente más allá del ego y nos damos cuenta de nuestra verdadera identidad. Somos Eso – Amor, Vida, Paz – que está observando. Somos la Conciencia donde todo está aconteciendo y no lo que acontece.

Desde este nivel de conciencia – don y tarea – surge una nueva visión: no hay culpa, hay inconciencia. No hay pecado, hay irresponsabilidad. En todo y en todos descubrimos el Amor que somos y desde ahí podemos vivir en el amor con profunda libertad.
Nuestra tarea es ejercitarnos en la práctica diaria de esta visión y el don vendrá en el momento adecuado.

2)   El silencio.
En el proceso de Jesús asombra su actitud: silencio. El silencio de Jesús es como un macizo que cae sobre sus jueces. El silencio de Jesús es su fuerza y su fundamento. Sus palabras contadas surgen del silencio y regresan al silencio.
La Verdad no necesita palabras ni defensa.
Cuanto lejos estamos: nuestro mundo enfermo abusa continuamente del don de la palabra. Creemos que las palabras llevarán a la justicia. Nos defendemos los unos de los otros a fuerza de palabras, conceptos, opiniones, juicios, apelaciones. Y todo sigue más o menos igual… a menudo peor: quedan rencores, odios, separaciones.

Jesús nos muestra y enseña la vía del silencio. El silencio nunca falla y a menudo es el grito más fuerte contra las injusticias y la opresión. A veces será necesario hablar: pero nuestro hablar será efectivo si surgirá límpido del silencio. Y será entonces un hablar sereno, corto, pacifico.

El silencio siempre lleva a la Verdad y a la Resurrección.
Caminemos entonces desde el silencio en esta Semana Santa. Regalémonos tiempos concretos de silencio y de meditación.
Estemos atentos a nuestras palabras y antes de hablar conectemos con el silencio que somos y que vive en nuestro ser más profundo.
Tu mundo, el mundo, cambiará. Te lo aseguro.


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