domingo, 19 de junio de 2016

Lucas 9, 18-24



El evangelio de hoy es central. Mateo, Marcos y Lucas relatan el acontecimiento (Mt 16, 13-20, Mc 8, 27-30, Lc 9, 18-24). En el evangelio de Marcos reviste una importancia especial ya que hace de eje encontrándose justo en la mitad. Todo el evangelio del Marcos se centra en esta pregunta: ¿Quién es Jesús?

El acontecimiento es fundamental porque tiene que ver con una de las preguntas centrales del ser humano: la pregunta sobre la identidad. ¿Quién soy? Pregunta que hace un paquete único con las demás: ¿De dónde vengo? ¿Adonde voy? ¿Qué hay después de la muerte?

Sumamente interesante lo que Lucas nos dice: Jesús plantea la pregunta sobre su identidad en un momento de oración solitaria. Solo desde la vivencia del silencio y la interioridad surgen las preguntas claves y solo desde ahí podemos intentar respuestas coherentes y humanizantes.
Por eso nuestra sociedad actual – muy superficial en varias de sus expresiones – no se plantea las preguntas claves. La sociedad de lo banal se interesa de otros asuntos: los divorcios de los famosos, la vida privada de los futbolistas, como gastar el dinero en estupideces y como sacar el máximo provecho con el mínimo esfuerzo.

En nuestro texto podemos vislumbrar dos niveles de profundidad, entrelazados entre ellos. En un primer nivel se trata de la identidad histórica del Maestro de Nazaret.
Identidad histórica a la cual la iglesia a través de los siglos dio respuestas interesantes que quedaron condensadas en fórmulas. Esto puede resultar peligroso. Nos dice con lucidez José Antonio Pagola:
Por desgracia se trata con frecuencia de fórmulas aprendidas a una edad infantil, aceptadas de manera mecánica, repetidas de forma ligera y afirmadas más que vividas. Confesamos a Jesús por costumbre, por piedad o por disciplina, pero vivimos con frecuencia sin captar la originalidad de su vida, sin escuchar la novedad de su llamada, sin dejarnos atraer por su proyecto, sin contagiarnos de su libertad, sin esforzarnos en seguir su trayectoria.
La respuesta a la pregunta de Jesús tendría que partir de la vida y a servicio de la vida, de la confianza y a servicio del amor, del amor y a servicio de la alegría.

Pero hay otro nivel, más profundo aún y por ende, según mi parecer, más esencial.
La pregunta de Jesús: “¿Quién dice la gente que soy yo?” está indisolublemente ligada a la otra: ¿Quién eres tú? No podemos contestar quien es Jesús si ni sabemos quienes somos nosotros: es la pregunta única y clave sobre la identidad. ¿Quiénes somos? ¿Quién soy?
Jesús apunta a algo esencial: descubre quien eres y sabrás quien soy. El evangelio de Juan nos revelará la afirmación de Jesús: “Les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy” (Jn 8, 58).
Jesús se sabe uno con el Padre, expresión única de la vida divina. Sabe que Dios es la raíz de todo lo existente. Nos invita a descubrirnos ahí, en esta unidad. Jesús con su pregunta nos dice: descúbrete Uno con la Vida, Uno con el Amor. Descubre que vos y yo somos una cosa sola.

Nuestra real identidad no está separada de Jesús ni de nada y nadie: es identidad compartida. Vida divina que fluye y se tiñe de un color único y especial.
Descúbrete ahí y todo se transformará: eso es, en esencia, vivir.
Recién vislumbrada esta verdad, entendemos más cabalmente los últimos y famosos versículos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará.

Jesús no pide renunciar a lo que somos: sería absurdo e inhumano. Jesús pide renunciar justamente a lo que no somos.
Jesús nos dice: si descubriste que tu última y radical identidad es al amor, vive a partir de ello.

Renuncia a lo que no eres: tu egoísmo, tu yo superficial con sus necesidades y deseos compulsivos, tus ideas y proyectos.
Vives tu humanidad a partir de su raíz única y compartida: amor y vida.













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