viernes, 23 de septiembre de 2016

Despertamos en Cristo



Nos despertamos en el cuerpo de Cristo 
cuando Cristo despierta en nuestros cuerpos

Simeón el Nuevo Teólogo


Nos despertamos en el cuerpo de Cristo cuando Cristo despierta en nuestros cuerpos”: son las primeras frases de un texto místico de Simeón el Nuevo Teólogo (949-1022). Este texto es uno de lo más hermosos que conozco y desde hace tiempo me acompaña en mi mesa de luz: imposible agotar su profundidad. Un texto cuya belleza me enloquece. Lo cito por entero en el libro “Compasión y plenitud” (pp. 392-393).

Estas primeras frases del texto condensan admirablemente todo el desarrollo posterior.
¿Dónde está Cristo? ¿Afuera o dentro?
Simeón nos sugiere que comprendido eso hemos comprendido la raíz de la experiencia fundante cristiana y de toda mística.
Afuera y adentro, interior y exterior son categorías mentales sujetas al espacio-tiempo. La realidad pura y genuina trasciende estas categorías fundamentalmente psicológicas.
No hay afuera y adentro, no hay interior y exterior. Lo real es siempre aquí y ahora. Lo real es siempre Cristo. Solo hay Cristo, nos dice Simeón.
Un Cristo dormido, un Cristo que hay que despertar, un Cristo que quiere despertar.

Despertar es una expresión usada en las tradiciones espirituales comparable a otras: iluminación, transfiguración, resurrección. Expresa la toma de conciencia plena y radical de esta verdad. Expresa la visión diáfana: por fin vemos que solo hay Cristo. ¡Eureka! hubiera dicho Arquímedes.

A esta visión, a este despertar tiene que llevarnos cada camino espiritual y cada religión. Cualquier otra etapa intermedia será siempre parcial y secundaria.
Cuando despertamos nos damos cuenta que todo es Presencia. Todo es Cristo, expresión de Cristo, manifestación de Cristo, despliegue de Cristo.
Todo. Lo que me pasa adentro: mis percepciones, mi sentir, mis pensamientos, mis emociones. Lo que pasa afuera: lo que hago, lo que veo, las personas, el trabajo, la naturaleza.

Esencial es la comprensión de Cristo. Hay que comprender que entendemos por Cristo. Los cristianos, aferrados a las categorías fijas e individualistas griegas, seguimos asociando el Cristo solamente a la persona individual e histórica de Jesús de Nazaret. “Jesús es el Cristo” expresa sin duda lo central de nuestra fe cristiana, pero entender esta expresión solo en clave individual e histórica nos conduce a un callejón sin salida y deja abiertas varias cuestiones: ¿dónde está ahora Jesús de Nazaret? ¿Quién soy yo en relación a Cristo? ¿dónde se refleja la resurrección en nuestra historia de dolor y muerte? ¿Cómo incide la fe en mi historia y en la historia de la humanidad? ¿Qué relación hay entre cristianismo y demás religiones?
Solo por nombrar algunas cuestiones.

La clave es comprender “Jesús es el Cristo” desde otro nivel de conciencia. En clave mística y espiritual, como hizo Simeón ya en el año 1000. La verdad que estamos medios atrasados.
Jesús vino a revelarnos justamente el Misterio de la Presencia, que él con sus categorías culturales y religiosas llamaba “Padre”. Jesús, a partir de su plena autoconciencia, se descubrió Uno con lo divino y esa experiencia única la llamó Amor. Lo sabemos por experiencia: el amor es siempre experiencia de unidad que nos lleva a la unidad. Jesús logró descubrir que todo es gratuidad, amor, don. Despertó a la Presencia y se dio cuenta que todo era revelación y expresión del Amor. Los evangelios atestiguan todo eso.

Hablar de Jesús como Cristo en esta clave es comprender la experiencia central del maestro de Nazaret: Jesús a través de su autoconciencia tocó la raíz de su ser y se descubrió Cristo: ungido, divino, Hijo. Desde ahí descubrió que la raíz de todo lo existente es la misma. Todo es ungido, divino, hijo. La realidad es cristica, es decir, tiene forma de Cristo. Todo es Cristo, en este sentido. El prologo del evangelio de Juan lo sugiere cuando dice que “todas las cosas fueran hecha por medio de la Palabra”. 

San Pablo lo afirma en sus cartas repetidas veces:

Él es la Imagen del Dios invisible,
el Primogénito de toda la creación,
porque en él fueron creadas todas las cosas,
tanto en el cielo como en la tierra,
los seres visibles y los invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades:
todo fue creado por medio de él y para él.
Él existe antes que todas las cosas
y todo subsiste en él” (Col 1, 15-17).

Por eso, ya no hay pagano ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre, sino sólo Cristo, que es todo y está en todos” (Col 3, 11).

“Él puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo y la Plenitud de aquel que llena completamente todas las cosas” (Ef 1, 22-23).

Los cristianos nos llamamos “hijos de Dios”: participamos de la experiencia cristica de Jesús, el Primogénito. A través de la experiencia histórica de Jesús de Nazaret nos descubrimos Cristo, como él. Hijos: como él. Uno con lo divino: como él. Despertamos a nuestra autentico ser. Los budistas la llaman “autentica naturaleza”. Los cristianos la llamamos “Cristo interior”.

¿Qué es, quién es, el Cristo interior?

Nuestra raíz divina, eterna. La conciencia Una que se expresa en nuestra individualidad psicosomática. Eso hay que despertar, nos dice Simeón.
Cuando despertamos al Cristo interior, cuando Cristo despierta en nosotros, nos descubrimos Uno con este cuerpo. Nos descubrimos expresión y manifestación del Cristo universal. En el fondo despertamos a la Uno que integra y trasciende las distinciones: solo hay Cristo.
Javier Melloni lo dice así: “Jesús es plenamente Dios y hombre, y eso es lo que somos todos. El pecado del cristianismo es el miedo; no nos atrevemos a reconocernos en lo que Jesús nos dijo que éramos”.

Jesús despertó: se dio cuenta que era el Cristo, es decir, lo divino expresándose plenamente en su humanidad y en todo lo existente.


¿y tu? ¿Despertaste? Simeón nos invita a eso.
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