miércoles, 2 de noviembre de 2016

Hermana muerte





No sólo vivimos en Dios, también morimos en Él. Dios mismo muere en nosotros. Pero aquí morir no significa estar muerto para siempre. Morir quiere decir entrar completamente en la forma del ser de Dios, mejor aún: reconocer claramente la forma del ser que siempre fuimos

Willigis Jäger

En este 2 de noviembre 2016, la iglesia celebra como todos los años, la memoria de todos los difuntos. Una oportunidad que no puedo dejar pasar para reflexionar sobre el misterio de la muerte. Misterio central, como el de la vida.
Misterio del cual huimos y desde el cual sufrimos.

¿No será tiempo para reconciliarnos con la muerte?
¿No será este el momento indicado para comprender la muerte de manera nueva y más humana, para que podamos vivir mejor?
Creo que sí, sin duda.

La muerte, que seamos conscientes o no, condiciona nuestra vivir. El miedo a la muerte – personal y de las personas que amamos – condiciona y esclaviza nuestra existencia.
Los sabios afirman que todos nuestros miedos en el fondo tienen una única raíz: el miedo a morir.
La muerte en realidad es nuestra hermana, como la llamaba San Francisco. La muerte está siempre mucho más cerca de lo que pensamos o queremos imaginar. Siempre está a la vuelta de la esquina, tranquila y serena. No tiene apuro hermana muerte.

¿Por qué tanto miedo y tanto escapar?
Le tenemos miedo a la muerte porque le tenemos miedo a la vida. No sabemos morir porque no sabemos vivir. Así de simple, así de profundo.
Vida y muerte en nuestra existencia concreta e histórica no son más que las dos caras de la misma, única y maravillosa realidad: el Amor. El Amor eterno que ni nace ni muere, sino que simplemente es.

¿Dónde radica nuestra verdadera identidad? Justo en este Amor eterno que ni nace ni muere.
Nuestra experiencia humana, nuestra existencia tan marcada por los limites y el dolor, es expresión de este Amor eterno.
Recordamos el aforismo del Teilhard de Chardin: “No somos seres humanos en un viaje espiritual, sino seres espirituales en un viaje humano”, que traducido bajo esta luz podría decirse: “No somos vidas humanas experimentando el Amor por un tiempo, somos el Amor eterno experimentándose como vidas humanas por un tiempo.

Cambia el eje, cambia todo. Por eso es esencial experimentar la Vida para saber morir. Cuando nos experimentamos de esa manera, comprendemos que nacer y morir acontecen adentro mismo de Dios, como sugiere la cita de Jäger.
Se nace en el seno de Dios, se muere en el seno de Dios. En otras palabras y en un nivel más profundo: ni nacemos, ni morimos. Simplemente somos. Somos vida divina que se manifiesta por un tiempo en nuestro caminar histórico por este mundo maravilloso.

Ahí radica la comprensión central del misterio cristiano: la muerte y la resurrección de Jesucristo.
Muerte y resurrección que van comprendida juntas, como dos caras de la misma moneda.
No hay separación entre el morir y el resucitar: en el mismo y único instante Jesús muere y resucita. El único instante: ahora. El ahora eterno de Dios. El ahora eterno del Amor. El ahora de este momento en que estás leyendo estás líneas.
El caminar histórico de Jesús y su fidelidad al Amor lo llevó a este momento culminante donde su corazón reconcilió históricamente lo que siempre estuvo unido: muerte y vida. Muerte y vida como expresión y manifestación de lo único: el Amor.
Solo el Amor es: ¿no fue eso el mensaje del Maestro? Por eso pudo amar hasta el final de su experiencia humana.

Por eso la resurrección trasciende la historia y se vuelve ícono y símbolo del Amor: la vida y la historia acontecen adentro del incesante resucitar. Por eso la resurrección está al comienzo y al final: como creación continua, aquí y ahora.

Seguiremos sin duda experimentando en nuestro caminar humano y en nuestra existencia histórica el dolor, los límites y la tristeza por nuestros seres queridos que “mueren”.
Pero viviremos todo esto desde la luz y la paz de la Vida. La única Vida que abraza en su seno muerte y vida. El único Amor que abraza en su seno todo lo que es.

Y la muerte deja de ser monstruo y se convierte en amiga y hermana.
Resuena el grito jubiloso de Pablo:
¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?” (1 Cor 15, 55)




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