R.M. Drake
Recorrer hasta el fondo el camino
espiritual supone enfrentarse con nuestros miedos y nuestro dolor: los lobos.
La gran mayoría de la gente huye
continuamente de sus miedos y su dolor y por eso no puede crecer. Es una ley de
la vida espiritual y del crecimiento. A ninguno se nos ahorra el terrible
enfrentamiento. Más aún: los maestros espirituales son justamente aquello que
tuvieron la valentía de sentarse en quietud y mirar de frente el terror.
Se cuenta que Buda, la noche antes
de la iluminación, se sentó en meditación decidido a enfrentarse con el miedo y
el terror. Los reconoció, los enfrentó y salió vencedor.
Es la misma experiencia de Jesús
en del desierto en las famosas tentaciones. Experiencia tan central en el
camino del Maestro de Nazaret que la relatan los tres evangelios sinópticos (Mt
4, 1-11; Mc 1, 12-13, Lc 4, 1-13).
También él, 500 años después de Buda, salió
vencedor.
Como Jesús muchos cristianos se
fueron al desierto para enfrentarse a sus lobos y a los lobos de toda condición
humana. La victoria es siempre individual y colectiva a la vez. Tus lobos son
los lobos de todos. Tu victoria es la victoria de todos.
El desierto en la tradición
cristiana representa justamente esto: la necesidad de silencio y soledad para
reconocer, enfrentarse y vencer nuestros propios miedos, pecados, sufrimientos
y soledad.
El pueblo de Dios tuvo que pasar
por el desierto para llegar a la tierra prometida. Miles de monjes se fueron al
desierto para sentarse con sus lobos. Y salieron leones.
Todos tenemos que pasar por
nuestro desierto. Elegirlo ante de que llegue por sí solo es un acto de
valentía y de compromiso con el camino espiritual, camino que pasa
necesariamente por el autoconocimiento.
El desierto, “este lugar donde no hay nada es el escenario privilegiado para vivir el
propio autoconocimiento, puesto que no hay dónde esconderse ni con qué
disimular”, nos dice Josep Otón Catalán.
En el silencio de la meditación
nos sentamos en quietud y dejamos que aparezcan nuestros lobos. A menudo, por
tanto huir, ni conocemos bien nuestros miedos y nuestro dolor. Tanto hemos
huido que estamos muy lejos. Pero ellos siguen ahí y sigue actuando en nuestra
vidas , esclavizándonos y condicionando terriblemente nuestra breve existencia.
Sentarse, abrirse, mirar, dejar
aparecer. Sentarse en el medio de tus miedos y tu dolor es tal vez el acto más
valiente que podamos hacer. Aparece el león.
Sentarse en quietud y silencio es
aprender a ser un león en medio de los lobos, como sugiere nuestra poética
cita. En el zen se habla de la montaña:
siéntate como una montaña. Estable, firme, confiada. Los vientos de los miedos
y del terror no te quebrará. También los maestros zen repiten a sus discípulos:
“¡muérete en tu cojín!”. Qué
simbólicamente significa: no te levantes de tu meditación hasta que haya
enfrentado y derrotado el terror. Cristianamente Pablo habló de “hombre viejo” y “hombre nuevo”.
¡No escapes del desierto hasta que el hombre viejo
haya muerto y el nuevo haya nacido!
¡Qué hermoso es sentarse como un
león o una montaña en medio del miedo y del dolor!
Ahí, realmente, empieza la vida.
Empieza el camino espiritual. Empieza y termina.
Ahí está todo. Una vez hayas
aprendido a sentarte en medio de tu dolor y tus miedos todo cobra vida, todo
cobra un sentido nuevo. Aparece una paz inquebrantable. Surge una confianza
indestructible. Te has enfrentado a la muerte y has vencido. Eres un león
durmiendo en medio de lobos.
Eres otro Buda, eres otro Cristo.
Eres el amor. Ya no hay miedo, ya no hay dolor, ya no hay muerte.
No es sencillo, sin duda. No es
mágico tampoco. Requiere coraje y perseverancia. Pero cuando se tiene un
destello de la luz que viene de todo eso ya no se puede dejar el camino
emprendido.
Después de unos años que me siento
en quietud y silencio en medio de mis miedos y dolor me sigo asustando y me
sigo sintiendo frágil.
Pero sigo en la certeza que es el
camino correcto. Me siento libre, profundamente libre. Y puedo vislumbrar el
león que soy y la montaña. Puedo soportar el peso de mis miedos y mi dolor.
Puedo mirarlos a los ojos sin huir.
¡Qué libertad!
A menudo estos miedos se disuelven
y aparecen por lo que son: fantasmas. Una vez aparece la luz, la oscuridad se
disuelve. Así pasa con nuestros miedos y nuestro dolor: una vez aprendamos a
mirarlos se empiezan a disolver. Descubrimos que nuestros miedos, nuestros
limites, nuestro sufrimiento no son tan terribles como creíamos.
Cerramos los ojos rodeados de
lobos y cuando los abrimos hay ángeles: “Entonces el demonio lo dejó, y unos
ángeles se acercaron para servirlo” (Mt 4, 11).
Otras veces nos enfrentamos con
lobos más tenaces y reales: las heridas afectivas y emocionales de nuestra
historia, nuestra psique frágil y hambrienta de amor, nuestra soledad
existencial. Seguimos ahí, sentados. Como un león, como la montaña. De a poco
nuestros lobos se transforman. Se vuelven dóciles, se convierten casi en
amigos. Los conocemos, los vigilamos. Sabemos manejarlos.
Nace el hombre nuevo. Otro Cristo
y otro Buda que pueden acompañar a sus hermanos a sentarse en silencio con sus
lobos.
¡Qué hermoso es sentarse como un
león o una montaña en medio del miedo y del dolor!
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