domingo, 2 de octubre de 2016

Lucas 17, 5-10


Auméntanos la fe”: es el pedido de los apóstoles a Jesús en el relato de Lucas que hoy la liturgia nos presenta.
“Auméntanos la fe”: seguramente es el pedido – más o menos explicito – de muchos cristianos. Un pedido que se convierte en un grito apasionado en los momentos de dificultad y dolor.

A mi parecer es fundamental un paso previo: ¿qué es la fe?

El ser humano es siempre original y paradójico: a menudo sucede que pasamos de largo lo esencial para enredarnos en lo superficial. No nos preguntamos lo fundamental y nos perdemos en los vericuetos de lo accesorio.

Si no sabemos lo que es fe, ¿qué sentido tiene pedir su aumento?
Suponemos saber lo que es la fe: ahí radica el problema. Suponer sin experiencia propia y sin cuestionarse nos hace caer en una estéril y superficial rutina; estéril y superficial rutina que lamentablemente marcan la vida de muchos cristianos.

La concepción occidental de la fe está marcada – por más que suene paradójico – por el racionalismo. Fue tan fuerte el giro racional del mundo occidental que la reacción opuesta y contraria (acción/reacción) fue tajante: la fe como creencia en algo que la razón no puede explicar. La fe subintraría donde la razón calla.
Desde ahí las consecuencias se dan por si solas: el supuesto ateísmo es la más contundente.
Dios se convierte en un ideal abstracto que nos impone normas morales y un montón de reglas. Un Dios así engendra generalmente dos posturas: fundamentalismo y ateísmo.
Es urgente entonces recuperar y releer para el hoy el significado de la fe.

Subrayo tres aspectos.

1) Fe y vida: no podemos nunca separar la fe de la vida. Jesús siempre mantuvo muy unida las dos. La fe de Jesús es la fe en la fundamental bondad de la vida y del mundo. Dios es la Vida y la Vida es Dios: el resto son fantasías y especulaciones inútiles. No existe un Dios separado de la vida, de nuestra vida concreta, aquí y ahora. Creer es vivir.

2) Fe y confianza: la fe es fundamentalmente un acto de confianza. Por eso no existe el ateísmo práctico, porque siempre el ser humano vive de confianza. Las decisiones que tomamos – que lo sepamos o no – radican siempre en algo de confianza. Simplemente porque no vemos el futuro, ni los cambios que se van dando constantemente. Cuando nos casamos, elegimos un trabajo, nos comprometemos en una amistad, hacemos siempre un acto de confianza: no sabemos si nos regalarán la plenitud que anhelamos. Vivir de fe es aprender a confiar más y más.

3) Fe y visión: tal vez el aspecto central que engloba los dos precedentes. Fe es ver. Ver lo esencial más allá de los superficial, ver lo eterno en lo temporal, ver la vida en la muerte, el amor en el miedo. En el fondo fe es ver lo real, lo único real. Lo que somos y lo que es. Cuándo hemos visto lo que somos, ¿falta algo?
Auméntanos la fe” significa entonces: queremos ver. Queremos descubrir lo que somos. Queremos vivirnos desde nuestro ser más auténtico.
Como Jesús: vio. Vio que todo era Amor. Y vivió lo que vio.

Entonces se entiende el original y misterioso ejemplo del maestro: “Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería.” Marcos es más audaz y en lugar de la morera pone una montaña (Mc 11, 23).

Obviamente a Jesús no le interesa una fe mágica, milagrera, exterior y superficial: ¿qué sentido tiene una morera en el mar?. Jesús apunta a lo único esencial: compartir su visión.
Cuando nuestra fe se transforma en visión, ¿qué vemos? La profunda unidad del todo. Todo es pura expresión de lo Uno, del Amor.
Yo, el grano de mostaza, la morera y el mar: compartimos la misma vida. No hay separación. Somos uno.
Todo es nuestro. Somos vida plena e infinita manifestándose en un punto concreto.
¿Dónde está el todo, puede faltar algo?
San Pablo lo había intuido: “porque todo les pertenece a ustedes: Pablo, Apolo o Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente o el futuro. Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios.” (1 Cor 3, 21-23).

De todo eso puede surgir una sola actitud existencial: la gratuidad. El texto de hoy termina justamente así: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber.








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