viernes, 13 de mayo de 2016

Anonimato y honor



"No ser conocido y nombrado en un tiempo como el nuestro es el mayor de los honores"

L. Feuerbach

Lo que dice en una carta Feuerbach (1804-1872) - filósofo y antropólogo alemán - hace más de un siglo vale también y con más razón en el 2016.

Nuestra sociedad es la sociedad del culto a la apariencia y a la imagen, de la cultura superficial y efímera. La revolución que instaló la tecnología en cuanto a comunicación hizo de la apariencia y la instantaneidad una religión. No importa ser, importa aparecer. En general también, lo que aparece, es justamente algo que poco tiene que ver con una expresión genuina del ser. 
Como se dice "la apariencia engaña" pero, no por el hecho que todos sabemos el refrán, estamos a salvo.
La necesidad compulsiva de aparecer de nuestra sociedad es la consecuencia de un vacío interior y de una búsqueda de aceptación y aprobación. Desconociendo el ser buscamos alivio en la gratificación fácil e inmediata del aparece. Se buscan los aplausos y ser honorados. Ya Jesús hace dosmil años criticaba este actitud a los profesionales de la religión. 

Una de las decisiones más acertadas que tomé en estos últimos años es la de desterrar la televisión de mi vida. 
Este mundo de la apariencia me suena a falsedad, superficialidad y exterioridad. Programas televisivos y textos de las canciones reflejan a la perfección esta ideología. Todo esto me produce cierta nausea. Nausea necesaria a veces y que por cierto me banco alegre por mi vida misionera.

Lo que nos salvará será la interioridad. Y la interioridad poco o nada tiene que ver con la apariencia. Ser e interioridad van de la mano. Cuando creamos en nuestras vidas espacios concretos y sencillos de interioridad nos estamos enraizando en el Ser y aparecerá muy poco y solo lo que tiene que aparecer. 

No ser conocido y nombrado por parte de esta cultura del aparecer es un gran honor. Realmente. 
Nombrar es algo sagrado: es lo que Dios hizo en la creación según el relato simbolico del Génesis. Nombrar es crear, es instalar a algo en el ser. Cuando la cultura de la apariencia te nombra entra en contradicción. No me nombren por favor.

Hay otra manera de nombrar. Una manera que honra en ser. Una manera que surge del amor. En el fondo solo el amor es honorable.
Esta forma de honor es la que más me gusta: el honor de las cosas sencillas, de la fidelidad en las pequeñas cosas, de los almuerzos familiares, del compartir entre amigos, del abrazo sincero.
Es un honor genuino que rehuye la ilusión del éxito y los aplausos. El honor que justamente vive la interioridad y de la humildad, El honor que encuentra su tremendo gozo simplemente en el Ser, sin necesidad de aparecer. Como la rosa que florece porque si, simplemente florece. Está ahí en su belleza porque simplemente es. 




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