domingo, 22 de mayo de 2016

Juan 16, 12-15




Hoy la iglesia celebra la fiesta de la Trinidad. Estamos en el centro del Misterio central del cristianismo: la fe en un único Dios en tres personas. Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Hablamos justamente de Misterio porque supera nuestra capacidad racional de comprensión. A veces usamos la palabra “Misterio” con superficialidad, cuando nos encontramos en dificultad y no sabemos que decir. Es lo que le pasó y la pasa también hoy en día a muchos teólogos y sacerdotes cuando intentan explicar la Trinidad: ya que no saben que decir hablan de “Misterio”. En realidad la categoría de Misterio es mucho más rica y bella que un simple escaparse de nuestra incapacidad de comprensión y explicación.
Misterio tiene que ver con la confianza, el silencio, la entrega, el nucleo de la vida misma. El Misterio no se entiende racionalmente, al Misterio se nos entrega.

¿Qué nos dice hoy la fiesta de la Trinidad?
El dogma cristiano de la Trinidad surge en el siglo IV a partir del encuentro de la fe cristiana con las categorías filosóficas griegas. A partir de ahí se dijo y se escribió muchísimo. Filósofos y teólogos han intentado a lo largo de la historia abrir un espacio de luz sobre El Misterio.
En realidad todo lo que podemos decir sobre lo que llamamos “Dios” y también sobre lo que llamamos “Trinidad” es un decir humano y, por ende, histórico y limitado. Absolutizar lo que intentamos decir sobre Dios es muy poco sabio y también peligroso.
Cuando hablamos de la Trinidad afirmando un único Dios en tres personas distintas e iguales estamos afirmando algo a partir de categorías y conceptos humanos, fruto de nuestras mentes limitadas. El concepto mismo de “persona” es un concepto humano limitado que viene de la cultura griega antigua y no podemos aplicarlo a lo divino (lo Absoluto) sin más.
Reconocer esto nos hace más humildes y más abiertos al Misterio.
El mismo Jesús no habló de la Trinidad, no tenía las categorías filosóficas griegas para hablar de ella. Jesús compartió su experiencia de Dios a partir de su cultura judía.

Por eso que la actitud más correcta y fructífera frente al Misterio es el silencio. El silencio profundo y radical de nuestro ser nos ubica en el centro del Misterio, donde las palabras surgen humildes y por gotas.
Tal vez lo único que podemos decir del Misterio de la Trinidad sin traicionarlo demasiado es que la Realidad (lo Absoluto) es Relación.
Todo lo que existe, vivimos, pensamos, anhelamos está en relación y es Relación.
Si callamos nos daremos cuenta de esto. El silencio nos revelará el Misterio que no se puede decir.

Sólo existe la Relación que se manifiesta y expresa en todo. Dicho de otra manera: solo existe Dios que se relaciona consigo mismo a través de todo lo existente, visible e invisible.
Por eso que lo único que se nos pide es vivir y construir relaciones.

Por eso la Relación tiene otro nombre, un nombre que nos encanta. Un nombre por el cual sufrimos, buscamos, gozamos.
Un nombre que expresa una realidad. Un nombre que lo dice todo. Un nombre que dice Dios y humanidad a la vez. Un nombre que dice lo que somos y lo que es: Amor.




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