viernes, 6 de mayo de 2016

Nido



El domingo pasado, 1 de mayo, festejamos la fiesta patronal de nuestra parroquia de José Enrique Rodó. Un momento simple y cálido: Misa, convivencia y película sobre la vida de San José.

Después de comer los niños salieron para jugar. No aguantan mucho sentados: los niños son pura vida expresándose. Pura gana de vivir, pura creatividad, energía plena. En ese sentido todos tendríamos que ser como niños, según la invitación de Jesús.

Yo también salí a jugar un rato. Con 5-6 niños organizamos un partido de fútbol, mientras las niñas andaban en otras y femeninas vueltas: charlas secretas y curiosos recorridos.

Una niña se quedó mirando el partido y recogiendo la pelota cuando salía de la cancha. Siempre hay un alma buena que recoge pelotas perdidas. 

En un momento dado se me acerca la niña mostrandome un nido que había encontrado en el pasto.
"¿Lo queres?" me dijo. "Te lo regalo."
¿Cómo despreciar semejante regalo?

Lo acepté feliz y todavía me acompaña en mi cuarto: no todos los días te regalan un nido.
En realidad es un nido chiquito, desgastado, pobre (pueden verlo en la foto). Los pobres pájaros lo fueron armando utilizando también pedacitos de plastico e hilos: los tiempos son dificiles también para ellos. 
Justo ahí tal vez, en su pobreza, está su belleza y su atracción. 

Todos necesitamos de un nido. Todos necesitamos sentirnos en casa, amados y protegidos. Todos ahnelamos el calor humano que un nido simboliza y proporciona. Un nido: no importa que sea pobre. Importa que sea un nido.

Dios es nuestro nido, un nido rico y pobre a la vez. Un nido que nos cobija, que nos ofrece refugio y calor. Un nido donde compartir la vida. Amo los nidos, amo mi nido y quisiera que todos tuvieram uno. Dios es nuestro gran nido. La niña me lo recordó.
Ya tengo mi nido. ¿Y vos?



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