domingo, 8 de mayo de 2016

Lucas 24, 46-52




Hoy la iglesia celebra la fiesta de la ascensión de Jesús al cielo. El único que relata la ascensión es Lucas y lo hace dos veces: en el texto de hoy y en los Hechos de los Apóstoles (1, 3).

Obviamente no se trata de un acontecimiento histórico: todo lo que los evangelios dicen de Jesús a partir de la resurreción no puede tener carácter histórico. Simplemente porque la resurección misma es un evento meta-historico, un evento que trasciende las coordenadas de espacio y tiempo de las cuales la historia está hecha. Podemos decir que la resurreción contiene la historia: no es la resurrección que acontece en la historia, sino la historia que acontece en la resurrección. 

Nuestro relato y la fiesta de hoy tienen entonces un significado simbolico que apunta a lo real. Nos invitan a mirar más en profundidad para descubrir la verdadera realidad: realidad hermosa por cierto.

La ascensión de Cristo es la otra cara de la medalla de la encarnación: Dios se humanizó para que el hombre sea divinizado.
Tan simple, tan maravilloso, tan asombroso, tan sublime. 

Todavía no hemos comprendido hasta el fondo - y menos vivido - el Misterio de la encarnación.

Divinidad y humanidad son una sola cosa: este es la buena noticia del Evangelio, expresada desde la navidad hasta la ascensión. Buena noticia, única noticia digna de ser contada. 
No existe un Dios separado de lo humano, como no existe lo humano separado de Dios. 
Encarnación y ascensión revelan cabalmente nuestra verdadera identidad: somos vida divina expresándose en forma humana. 

José María Castillo lo dice de esta manera: "No se debe interpretar la ascensión como si fuera el regreso del Hijo a la gloria del Padre. De ser así, la encarnación de Dios en Jesús habría sido una mera representación de lo divino entre los humanos. Pero no habría sido la encarnación de lo divino en lo humano. No nos acabamos de tragar, ni aceptamos hasta el fondo, que, en la encarnación de Dios en Jesús, Dios se humanizó. De forma que no podemos conocerlo sino en lo humano y desde lo humano. Lo cual no es rebajar a Dios, sino respetar a Dios presente, visible y tangible en cada ser humano. Cuando respetamos a cada ser humano como respetamos a Dios, ese día nos hemos enterado de la genialidad de Jesús y del cristianismo."

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