sábado, 29 de agosto de 2015

Opiniones




Siempre más me doy cuenta de como las personas cambian de opinión sobre sus semejantes muy rápidamente. No deja de asombrarme. De un día a otro se pasa de la estima al rechazo, de la simpatía a la antipatía, del compañerismo a la indiferencia. Y al revés también.

¿Por qué? nos preguntamos.
Como siempre las respuestas pueden ser muchas, todas con hondas  y desconocidas raíces.  Hoy quiero centrarme en una, tal vez la que estoy notando con mayor frecuencia.

La llamaría "mi chacrita mental". Nos relacionamos con el otro a partir de nuestras ideas, gustos, sentimientos. En una palabra: superficialmente. Hasta que el otro concuerda con esta superficie todo bien. Cuando, por distintas razones, ya no concuerda, la relación se va deteriorando. 
Cuando el otro apoya y acepta mi superficie está todo bien: es una buena persona, inteligente, espiritual, etc...
Cuando el otro se disocia de la misma superficie ya no es tan buena persona, ya no es tan inteligente, ya no es espiritual, etc...
Por decirlo en dos palabras: juzgamos al otro según nuestro esquema mental.
Más allá de ser superficial e inmadura esta manera de relacionarnos asume, no pocas veces, tintes ridículos.
Relacionarnos a partir de lo inestable: opiniones, gustos, y sentimientos no es muy sabio que se diga.

Decía el monje budista Ajahn Chan:
"Tenéis un montón de puntos de vista y opiniones sobre lo que es bueno y lo que es malo, lo correcto y lo incorrecto, sobre cómo deberían ser las cosas. Os aferráis a vuestros puntos de vista y sufrís mucho. Solo son puntos de vista, ¿sabéis?"

Es hora de encontrar estabilidad y profundidad. Es hora de dejar de juzgar y opinar. Es hora de vivir relaciones maduras, profundas, autenticas. 
Podemos relacionarnos a partir de nuestra común raíz: desde ahí aceptaré con alegría y una sonrisa también las distinciones de la superficie.


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