viernes, 25 de septiembre de 2015

Como el agua con el vino



“¡Oh, Dios grande!,
mi alma con la tuya se ha mezclado,
como el agua con el vino.
¿Quién puede separar el vino del agua?
¿Quién, a ti y a mí, de nuestra unión?
Tú te has convertido en mi yo más grande:
ya no quiero volver a ser el pequeño yo.
Tú has aceptado mi esencia:
¿no debería yo aceptar la tuya?
Me has aceptado para la eternidad
de manera que yo no pueda negarte por la eternidad.
Ha penetrado en mí tu aroma de amor,
y ya no abandona mi médula.
Como una flauta permanezco entre tus labios
y como un laúd sobre tu regazo.
¡Sopla! Y yo emitiré suspiros.
¡Toca! Y yo vibraré en llantos.
Tú, aliento de mi corazón.”

Rumi



Hoy les propongo una oración de uno de mis autores favoritos: el místico sufí Rumi (1207-1273).
Rumi, como todos los místicos y sabios, sabe ver lo que los demás normalmente no sabemos ver. 
Son maestros de la visión y nos enseñan a ver correctamente.
¿Qué es lo esencialmente Rumi ve y nos expresa en esta oración?
Unidad. La separación es una ilusión. Nuestra identidad más honda es lo Uno: con la divinidad y con todo lo que es.
Tan profunda es esta unidad que no hay posibilidad de separación. En la tradición cristiana nos educaron que el pecado nos separa de Dios: mentira. La más grande, fatal y absurda mentira. No es posible. A lo sumo, lo que llamamos "pecado", nos hace percibir un sentimiento psicológico subjetivo de separación que en algún modo es real.

Dios es el aliento de mi aliento. Dios respira en mi respirar, camina en mi caminar, piensa en mi pensar, siente en mi sentir.

Disfruten en absoluta calma de esta oración. Lean cada palabra despacio. Saboreen cada frase. Dejen quieto el pensamiento que separa y sientan desde su ser más hondo la verdad de cada palabra.

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