domingo, 20 de septiembre de 2015

Marcos 9, 30-37



Marcos sigue ahondando en la identidad de Jesús, que al final es también la nuestra. Marcos presenta un Mesías distinto a lo que sus discípulos esperaban y distintos también a lo que nosotros esperamos o nos imaginamos. 
En el fondo Marcos va rompiendo las imágenes de Dios que el ser humano se va construyendo.
Jesús revela a un Dios servidor, un Dios que se entrega hasta el final. Jesús mismo es revelación de la entrega de Dios.
Los apostoles no comprenden. Muchas veces también nosotros, después de 2000 años, seguimos no comprendiendo y vamos repitiendo los mismos errores.
Seguimos buscando honores y títulos y seguimos asociando a Dios con el poder y el éxito.
Marcos en el evangelio de hoy nos pide que nos dejemos sorprender otra vez por Jesús: el amor no es un logro, el amor no está en el éxito y en el poder. El amor es lo que somos, es nuestra identidad más profunda.
El problema radica en nuestra interpretación: leemos nuestra vida y la realidad a partir de nuestros filtros y creencias y sobre todo a partir de la experiencia que tenemos de nuestra identidad. Si me percibo como alguien carenciado y necesitado buscaré afuera algo que llene este vacío: reconocimiento, títulos y honores por ejemplo. Es todo un trabajo de sanación y reconocimiento de nuestro autentico ser.
Por eso también Jesús elige un niño como símbolo de su manera de vivir. El niño esencialmente no interpreta, no lee la realidad a través de sus intereses, filtros y creencias. El niño vive en plenitud. Punto. 

Cuando logramos leer nuestras vidas y la realidad a partir de nuestra maravillosa identidad - sin filtrarla -  todo se transforma y cualquier moralismo, voluntarismo, cualquier búsqueda de privilegios y honores dejará lugar a la expresión genuina, transparente y original de nuestro ser: amor.

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