martes, 8 de septiembre de 2015

Meditación/1

En mis años de parroquia en Milán, en la catequesis y después en el grupo de jóvenes, me hablaron del silencio y su importancia. En mis años de formación oblata también me hablaron del silencio y su importancia. 
Pero nadie me dio las herramientas para vivirlo. 

Quedaba una buena idea que revoloteaba sin jamás aterrizar del todo. A lo sumo se lograba vivir algo de silencio exterior.
Indirectamente fue el zen que - en estos últimos años - me dio unas claves para vivir el silencio y por eso le estoy sumamente agradecido. 
En el zen el silencio se aterriza esencialmente en la meditación.
Por eso en esta semana intento dar unas pautas para comprender lo que significa meditar y sobre todo para intentar practicarlo.
En occidente cuando hablamos de meditación normalmente entendemos "reflexionar atentamente sobre algo". 
Es la herencia del famoso "pienso luego existo" de Descartes y desde ahí del racionalismo. La historia ya demostró todas las fallas del racionalismo y cuanto dolor puede generar. 

El significado original de meditación va en otro sentido: los primeros monjes y teólogos cristianos ya lo sabían. Lo hemos olvidado. 

Meditar es silenciar la mente y cuerpo: pensamientos, sentimientos, emociones. Es entrar en la quietud. Estar en casa, en nuestra verdadera identidad. 
No se trata de pensar. Justo lo contrario. Se trata de habitar en la quietud desde donde surgen los pensamientos. Se trata de situarse en el lugar donde podemos observar el pensar. Es entrar en otro nivel de conciencia. Es encontrar nuestra raíz. Es encontrar la fuente donde todo mana. 




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